Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 05 de Abril del 2015

Mc 16,1-8
Resucitó. No está aquí

El Evangelio de Marcos se cierra con la declaración solemne que resonó dentro del sepulcro vacío de Jesús y que escuchamos nosotros en la celebración de la gran vigilia pascual: «Resucitó. No está aquí». Esa afirmación es la culminación del Evangelio. (El relato sucesivo de las apariciones de Jesús resucitado, aunque son también Palabra de Dios, no pertenecen al escrito original).

El Evangelio de Marcos está centrado en la pregunta sobre la identidad de Jesús. ¿Quién es Jesús? En la primera parte de ese Evangelio todos se hacen esa pregunta: «¿Qué es esto?... Manda a los espíritus inmundos y le obedecen» (Mc 1,27); «¿Por qué habla éste así? ¡Está blasfemando!» (Mc 2,7); «¿Quién es éste a quien hasta el viento y el mar obedecen?» (Mc 4,41); ¿No es éste el carpintero, el hijo de María...?» (Mc 6,3). Esta línea alcanza su punto culminante en la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29). Después de la confesión de Pedro «comenzó Jesús a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31; cf. 9,31; 10,33-34). Tres son los anuncios de su pasión y muerte. Pero los tres no concluyen en la muerte sino en el triunfo sobre la muerte: «A los tres días resucitará».

La identidad de Jesús es lo que está en juego en su juicio ante el tribunal judío. Jesús no responde nada a las acusaciones que le hacen y está durante todo el proceso en silencio, excepto cuando se toca el tema de su identidad: «El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”. Y dijo Jesús: “Sí, yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”» (Mc 14,61-62). Lo mismo ocurre cuando es acusado ante Pilato: «Pilato le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”. Él respondió: “Es como tú lo dices”» (Mc 15,2). Jesús revela su condición de Hijo de Dios y Rey de los judíos.

La pregunta que está subyacente es esta: ¿Es Jesús quien él dice ser? Si él no es realmente el «Hijo del Bendito (de Dios)», entonces toda su enseñanza carece de credibilidad y él es reo de muerte por haberse hecho culpable de una grave blasfemia. Esta fue su sentencia en el Sanedrín (el tribunal judío). El Sumo Sacerdote dice: «“Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?” Todos juzgaron que era reo de muerte» (Mc 14,64). Por otro lado, si él es el Hijo de Dios, entonces no se entiende que tenga que morir en la cruz, como lo desafían los sumos sacerdotes: «¡El Cristo, el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos» (Mc 15,32). Bajar de la cruz en ese momento habría sido una prueba suficiente para ellos de que Jesús es quien dice ser. Sí, pero entonces Jesús no habría cumplido su misión, la que él repetidamente había anunciado, que consistía en vencer a la muerte.

Cuando los sumos sacerdotes le decían: «Baja de la cruz», Jesús no había muerto aún. Según lo anunciado por él, debía morir primero y, al tercer día, resucitaría. Lo normal era que los cuerpos de los crucificados quedaran en la cruz varios días para escarmiento de todos. Para eso se escribía sobre la cabeza la causa de la condena. En el caso de Jesús «estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: “El Rey de los judíos”» (Mc 15,26). Pero era la víspera de la Pascua judía, que obligó a quitarlo de la cruz recién muerto, esa misma tarde. «Al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado» –el sábado en que se celebraba la Pascua–, dado que no era digno celebrar la principal fiesta judía con ese espectáculo, Pilato concedió a José de Arimatea licencia para retirar de la cruz el cuerpo de Jesús. Por este motivo resucitó del sepulcro y no desde la misma cruz. ¡Al tercer día habría bajado de la cruz! Depositado en el sepulcro el viernes en la tarde, hubo que esperar que pasara el sábado para poder completar el tratamiento de su cuerpo sin vida.

«Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarlo. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro». Ni ellas, ni ninguno de los apóstoles creen ya que Jesús es quien decía ser. En efecto, ellas, que acompañaron a Jesús hasta ver como lo dejaban en el sepulcro, van a embalsamarlo, es decir, a dejarlo fijo en la muerte; y los apóstoles se habían dispersado mucho antes. Pero Jesús comprende la debilidad de ellos. Por eso, no busca otros discípulos, sino que mantiene su promesa: «Después de mi resurrección, iré delante de ustedes a Galilea» (Mc 14,28). Es el mensaje que les manda con las mujeres: «Vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo». El Evangelio de Marcos no nos dice si fueron o no fueron a Galilea. Si no hubieran ido, todo habría terminado allí. Pero esta vez creyeron y fueron, y allí lo vieron. Porque lo vieron resucitado, creyeron que él era quien decía ser y por eso, atesoraron su enseñanza y dieron testimonio de ella. Por eso, han llegado a nosotros el Evangelio y los medios de salvación, sobre todo, la Eucaristía, que nos comunica la vida divina de Jesús resucitado.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles