Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Marzo del 2015

Mc 11,1-11
Tu Rey viene a ti manso

La Liturgia de la Palabra del Domingo de Ramos, que celebramos hoy, tiene dos partes. La primera se desarrolla en algún lugar fuera de la Iglesia y consiste en la lectura del Evangelio que relata la entrada de Jesús en Jerusalén, seguida por la procesión con ramos de olivo hasta el templo, imitando al pueblo de Jerusalén que aclamaba a Jesús. Esta parte de la celebración da el nombre a este día –Domingo de Ramos– e introduce en la Semana Santa. La segunda parte de la Liturgia de la Palabra consiste en la lectura de la Pasión. Por eso, también suele llamarse a este día Domingo de Pasión. Por encontrarnos en el año B, ambas lecturas se toman del Evangelio de Marcos.

En el Evangelio de Marcos podemos seguir las últimas etapas del itinerario de Jesús en el único viaje a Jerusalén que este Evangelio registra. Jesús viene desde Jericó, donde devolvió la vista a Bartimeo. Recordamos el grito del ciego: «Hijo de David, ten piedad de mí» (Mc 10,47.48). La multitud que acompañaba a Jesús mientras atravesaba esa ciudad, escuchó ese grito y fue testigo de la curación del ciego por parte de Jesús. El mismo Bartimeo, una vez recobrada la vista, «lo seguía por el camino» (Mc 10,52). Jesús atravesó Jericó a pie, como hacía en todos sus desplazamientos, y sigue su camino hacia Jerusalén a pie.

Conocemos las etapas siguientes por la continuación del relato, que es el comienzo del Evangelio de hoy: «Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagué y Betania, al pie del monte de los Olivos, envía a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan al pueblo que está enfrente de ustedes..."». Ese pueblo es Betfagué, la última etapa antes de la entrada a Jerusalén. La puerta de Jerusalén que está frente a Betfagué, la puerta oriental, es la Puerta Dorada. Lo que el evangelista quiere destacar es que por esa puerta entró Jesús a Jerusalén. Esa puerta en las murallas de la antigua Jerusalén está hoy cerrada, porque, según la tradición judía, por ella transitaba la Gloria de Dios y por ella debe entrar el Mesías en su venida, que aún esperan. Así lo veía el profeta Ezequiel: «Me volvió después hacia la puerta exterior del Santuario, que miraba a oriente. Estaba cerrada. Y el Señor me dijo: "Esta puerta permanecerá cerrado. No será abierta, y nadie pasará por ella, porque por ella ha pasado el Señor, el Dios de Israel. Quedará, pues, cerrada. Pero el príncipe sí... él sí entrará por el vestíbulo de la puerta y por el mismo saldrá"» (Ez 44,1-3). Jesús entró en Jerusalén por la puerta por la cual transita el Dios de Israel y por donde tenía que entrar el Ungido del Señor que esperaban.

Esta intención suya de presentarse como el Hijo de David explica su preocupación por obtener un asno para entrar en Jerusalén montado en esa cabalgadura. Siete versículos de los once que componen el Evangelio de hoy se refieren a ese asno. Además, como hemos dicho, esto es insólito en Jesús que siempre se desplaza a pie. A pie llegan también los peregrinos, que venían a la Ciudad Santa: «Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (Sal 122,2). El evangelista no nos ayuda a entender la necesidad que tiene Jesús de entrar en Jerusalén montado en un asno. Pero lo hacen Mateo y Juan en el relato paralelo: «Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: "Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo"» (Mt 21,4-5; cf. Jn 12,4-5). Se refiere a la profecía de Zacarías 9,9.

¿Entendió la multitud el signo? Parece que sí, a juzgar por la aclamación con que acompañan a Jesús: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!». En realidad, hay en esta aclamación un profundo equívoco, como se demuestra en la el relato de la Pasión, que es la segunda parte de la Liturgia de la Palabra de este día. Lo que la multitud aclama es un reino de este mundo. Espera que Jesús haga milagros y libere a Israel de la dominación romana y de todo lo que aquejaba al pueblo. Jesús, en cambio, quiere enseñar que él es un rey manso y humilde, que reina por la fuerza del amor, entregando su vida en la cruz. Y esto produce en el pueblo una profunda desilusión, que los hace gritar: «Crucificalo» (Mc 15,13-14). El mensaje de Jesús es que la fuerza que salva al mundo no es la fuerza de las armas ni otro poder terreno (como son hoy día los medios de comunicación), sino la fuerza del amor, cuya expresión más plena es la entrega de la vida. ¡Ese es el ideal de un rey! ¡Ese es el ideal de un gobernante! Extendiendo la mirada sobre nuestra patria y sobre la escena mundial, verificamos con nostalgia que en el mundo de hoy la enseñanza de Jesús se observa muy poco.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles