Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 11 de Enero del 2015

Mc 1,7-11
Vivamos con Cristo una vida nueva

La Solemnidad del Bautismo del Señor, que celebramos este domingo, pone fin al tiempo litúrgico de Navidad. Pero, al mismo tiempo, es el comienzo del tiempo litúrgico ordinario. El Bautismo de Jesús en el Jordán es el comienzo de su vida pública. Leemos este episodio inaugural en el Evangelio de Marcos, que nos acompañará este año (Lecturas del ciclo B).

Antes del Bautismo, Jesús vivió treinta años oculto en un pueblo de Galilea, llamado Nazaret, un pueblo tan oscuro que no se esperaba que de él pudiera salir algo bueno, como pregunta incrédulo Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» (Jn 1,46). Lo que se tenía por seguro es que no podía venir de allí el Cristo: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ... Indaga y verás que de Galilea no surge ningún profeta» (Jn 7,41.52). Marcos parece contradecir esas opiniones, en forma casi polémica: «Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea...». Lo que el evangelista quiere acentuar es que Jesús quiso descender hasta lo más bajo de la condición humana, habitando la mayor parte de su vida en un pueblo insignificante.

¿Quién es el que viene desde ese lugar tan humilde? Juan expresa su grandeza comparandolo consigo mismo. Juan ya era «el más grande de los nacidos de mujer» (Mt 11,11; Lc 7,28) y había atraído multitudes: «Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén» (Mc 1,5). Pero el que viene es de otro nivel: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno, inclinandome, de desatarle la correa de sus sandalias». Juan no es digno de ser ni siquiera su esclavo. La razón de esa grandeza no puede ser otra que su identidad divina. La expresa Juan, de nuevo con una comparación: «Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo». El Espíritu Santo es el don divino por excelencia. A Dios se dirige David en el Salmo 51: «No retires de mí tu Espíritu Santo» (Sal 51,13). Con ese Espíritu bautiza el que viene detrás de Juan.

Después de esa presentación, el evangelista continúa: «Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán». No sólo desorienta al lector la humildad de su pueblo de origen –como hemos visto–, sino, sobre todo, el objetivo de su venida: ser bautizado por Juan. ¡Descendió hasta hacerse bautizar por aquel mismo que no era digno de desatarle las sandalias! Lo hace para solidarizar con los pecadores como uno de ellos. Es cierto que mientras todos los que acudían a Juan «eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados», respecto de Jesús se dice solamente: «Fue bautizado por Juan en el Jordán». Él no tiene pecado. Él es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Bajando al agua del bautismo, Jesús quiso descender hasta el nivel de los pecadores. Pero Dios reveló su verdadera identidad: «Subiendo del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco"». Lo que decía Juan sobre su grandeza queda confirmado: Jesús es el Hijo de Dios.

En este episodio del bautismo de Jesús está en germen toda la revelación evangélica. En efecto, queda revelada la identidad de Jesús como el Hijo de Dios, es decir, verdadero Dios, que se hizo verdadero hombre. Bajando sobre Jesús, el Espíritu Santo, como abrazo de amor que une al Padre y al Hijo, es la tercera Persona divina. Está así revelada la Santísima Trinidad –tres Personas divinas distintas, un solo Dios–, que es el misterio central de la fe cristiana. Por otro lado, bajando Jesús al bautismo junto con los pecadores, anuncia ya que bajará con ellos hasta la misma muerte, que es la consecuencia más extrema del pecado, para subir luego con ellos en la resurrección. Queda así revelado también nuestro propio camino: «Fuimos sepultados con él (Cristo) por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles