Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de Enero del 2015

Mt 2,1-12
¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido?

La Solemnidad de la Epifanía del Señor tiene su día propio el 6 de enero. En algunos países se llama el «Día de Reyes» y se celebra como un importante feriado. En nuestro país, dado que no es feriado, se traslada al domingo entre el 2 y el 8 de enero. El Evangelio que caracteriza a esta Solemnidad comienza con una frase que presenta muchos enigmas de difícil solución: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos venidos de Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”».

La sabiduría popular ha suplido cosas que el texto no dice. Dado que llegan donde «el rey Herodes» y preguntan por «el rey de los judíos», se ha entendido que esos magos son también reyes. De aquí el nombre que se da a la fiesta: «Día de Reyes». El número tres –en todas las representaciones los magos son tres– proviene seguramente del número de regalos que traen al Niño, oro, incienso y mirra, atribuyendo un regalo a cada mago. La tradición les ha dado incluso nombre: Gaspar, Melchor y Baltasar. Entendiendo correctamente que la finalidad del relato es afirmar la universalidad de la salvación traída por ese Niño recién nacido, la iconografía representa a uno joven, otro adulto y otro anciano, cubriendo todas las edades; representa a uno europeo, otro asiático y otro africano, cubriendo todas las razas.

El Niño y su madre no tienen actuación en el relato; pero todo gira en torno a ellos y a la actitud que se adopta en relación al Niño. Los protagonistas asumen tres actitudes, que luego serán constantes en relación a Jesús y a su misión. En primer lugar, la actitud de los magos que buscan al Niño, tratando de encontrarlo por todos los medios: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?». El término «magos», que los caracteriza es de difícil interpretación. Seguramente se trata de astrólogos (ciencia muy desarrollada en la antigüedad que pretende leer en los astros lo que ocurre en la tierra), que a causa de la diáspora de los judíos han conocido las Escrituras, en particular, el oráculo de Balaam: «Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Num 24,17). La aparición de una estrella en el cielo unida a este oráculo los pone en camino hacia Israel y hacia el lugar donde puede nacer un rey: Jerusalén. Van bien orientados; pero les falta encontrar el lugar preciso. Esto lo logran, de nuevo, con ayuda de la Escritura, que bien conocen «los sumos sacerdotes y escribas del pueblo»: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, de ninguna manera, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel». Ahora van hacia el lugar preciso y su búsqueda es coronada por el pleno éxito: «Entraron en la casa, vieron al Niño con María su madre y, postrandose, lo adoraron». Lo reconocieron como Señor.

La segunda actitud en relación al Niño es la indiferencia. La dinámica del relato exigía que los especialistas en la Escritura, los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo, supuestamente los que más debían esperar el nacimiento del Salvador, corrieran a Belén en busca del recién nacido. Pero ellos no demuestran ningún interés. Se limitan a citar la Escritura, que conocen como meros especialistas, sin tomarla como Palabra de vida. Los representa bien la descripción que hará de ellos Jesús durante su vida pública: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan; pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen» (Mt 23,2). Sin saberlo, los magos siguieron ese consejo e hicieron lo que decían, a pesar de no ver en su conducta coherencia alguna.

La tercera actitud es la de Herodes. Es la actitud de los que persiguen a Jesús, porque ven en su enseñanza una amenaza a su ambición y egoísmo. Herodes tenía el título dado por Roma de «Rey de los judíos» y gobernó entre los años 37 y 4 antes de Cristo. No soportaba ninguna sombra a su poder llegando a eliminar a sus propios hijos, si sospechaba en ellos alguna amenaza. Sentía su poder amenazado, porque era cordialmente odiado por los judíos como un entrometido. En efecto, él no era judío, sino procedente de Idumea (región al sur de Judea) y, además, trataba de imponer la cultura griega. Cuando escuchó que había nacido otro «Rey de los judíos», según la búsqueda de los magos, concibió inmediatamente el proyecto de eliminarlo, usando para su plan el engaño: «Vayan e indaguen cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo hayan encontrado, comuniquenmelo, para ir también yo a adorarlo».

Al leer ese relato y las tres actitudes adoptadas ante ese Niño cada uno debe examinarse y discernir su propia actitud ante Cristo y su Iglesia: búsqueda sincera, indiferencia, hostilidad. El Evangelio de Mateo comienza con ese relato universalista; y concluye con el mandato misionero, que es el texto más universalista del cristianismo: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). No se trata sólo de tolerar a todos los pueblos y sus propias creencias; se trata de hacer todos los esfuerzos posibles para que todos los pueblos accedan a la Salvación que no se encuentra fuera de Jesús: «No hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el cual nosotros podamos ser salvados» (Hech 4,12). Esto lo sabían bien esos magos; lo sabemos todos los cristianos. Por eso debemos esforzarnos en cumplir la misión que nos encomendó Jesús.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles