Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Febrero del 2015

Mc 1,12-15
Jesús proclamaba el Evangelio de Dios

El Evangelio del I Domingo de Cuaresma se caracteriza en los tres ciclos de lecturas por el relato de las tentaciones a las que fue sometido Jesús en el desierto durante cuarenta días. En el Evangelio de Marcos el hecho está apenas insinuado: «Inmediatamente, el Espíritu lo impulsa (textual: lo expele) al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás».

El adverbio «inmediatamente», nos refiere a lo que antecede, a saber, el Bautismo de Jesús en el Jordán: «Subiendo fuera del agua Jesús vio los cielos siendo rasgados y el Espíritu como una paloma bajando sobre él» (Mc 1,10). La acción siguiente tiene al Espíritu como sujeto: «Impulsa a Jesús al desierto». ¿Quién decidió el retiro de Jesús al desierto y su permanencia allí cuarenta días, el Espíritu o el mismo Jesús? Según la expresión del Evangelio el Espíritu parece ejercer una fuerza física sobre Jesús –impulsar, expeler– y Jesús ser solamente pasivo. En realidad, quien decide ir al desierto, después que vino sobre él el Espíritu, es Jesús mismo, con una decisión suya absolutamente libre. Esta experiencia la tenemos también nosotros: cada vez que decidimos hacer la voluntad de Dios, lo decidimos libremente; pero en un nivel profundo de nuestro ser, nos ha impulsado el Espíritu Santo. Él es el único que puede impulsarnos completamente dejandonos completamente libres.

Jesús va al desierto con intención de permanecer allí cuarenta días. Ciertamente lo hace, porque quiere vivir la experiencia del pueblo de Dios, que peregrinó en el desierto cuarenta años. En ese tiempo el pueblo, con sus continuas rebeldías, logró irritar a Dios: «Durante cuarenta años aquella generación me repugnó y dije: “Ellos son un pueblo de corazón torcido y no conocen mis caminos”. Por eso he jurado en mi cólera: “No entrarán en mi descanso”» (Sal 95,10-11). Ninguno de esa generación entró en la tierra prometida. Allí, donde Israel fue infiel, Jesús, sometido a la tentación, por obra de Satanás, permanecerá fiel a Dios. Lejos de repugnar a Dios, él lo complace plenamente, como lo había manifestado la voz del cielo que resonó en su Bautismo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco» (Mc 1,11).

«Estaba con las fieras y los ángeles lo servían». La breve observación indica la armonía de toda la creación en la presencia de Jesús. Es una imagen del Paraíso, en que las fieras salvajes no son una amenaza para el hombre, sino completamente pacíficas y amigables. Los ángeles se caracterizan por el servicio de Dios: «Miles de millares lo servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él». (Dan 7,10; cf Apoc 5,11). Ellos están también al servicio de Jesús, en cuanto Dios verdadero.

Esos cuarenta días los pasó Jesús en el desierto inmediatamente después de ser bautizado por Juan. No sabemos cuánto tiempo después fue entregado Juan. Pero el Evangelio continúa: «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba el Evangelio de Dios». Todo lo que Jesús habló al mundo se designa con la expresión «Evangelio de Dios». Es «de Dios», porque viene de Dios y tiene a Dios como objeto. El Evangelio es todo lo que Dios quiere hablar al mundo. Por eso, el Evangelio se identifica solamente con Jesús mismo. Él viene de Dios y él es la Palabra de Dios.

El evangelista cita las palabras de Jesús: «El tiempo se ha colmado, el Reino de Dios está cerca; conviertanse y crean en el Evangelio». Dos afirmaciones y dos exhortaciones. Dadas las dos afirmaciones, la única actitud que corresponde es la conversión y la fe. «Convertirse y creer en el Evangelio» son dos modos de decir lo mismo. El Evangelio es realmente tal, cuando se recibe en la fe y opera la conversión. San Pablo define el Evangelio como «fuerza de Dios para salvación de todo el que cree». En este tiempo de Cuaresma debemos dejarnos evangelizar, es decir, convertirnos, acogiendo en nuestra vida la voluntad de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles