Nuestra Liturgia
Comentario

Viernes 16 de Enero del 2015

Jn 1,35-42
Permanecieron con Jesús aquel día

El Evangelio de este II Domingo del tiempo ordinario nos relata los primeros encuentros que tuvo Jesús, después de haberse presentado donde estaba Juan bautizando. Esos encuentros están motivados por el testimonio de Juan, según lo anunciado en el Prólogo del IV Evangelio: «Hubo un hombre, enviado por Dios; su nombre era Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él» (Jn 1,6-7).

Toda la actividad de Juan estaba orientada a otro que vendría después de él; consistía en preparar discípulos para ese otro. Cuando el que tenía que venir, finalmente, se presentó, el ministerio profético de Juan alcanzó su punto culminante, a saber, señalarlo entre los hombres y, luego, cesó, como él mismo lo declara: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). El Evangelio de hoy nos presenta el momento en que ese traspaso –de Juan a Jesús– se está produciendo.

«Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: "He ahí el Cordero de Dios". Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús». ¿Qué significa la expresión «Cordero de Dios», con la cual Juan llama a Jesús? Examinamos todo el Antiguo Testamento y no encontramos esa expresión. El cordero que se ofrecía a Dios en el sistema sacrificial antiguo no era de Dios antes del sacrificio. Una vez puesto sobre el altar y ofrecido a Dios en sacrificio, Dios lo aceptaba y hacía suyo. Jesús, en cambio, desde el principio es completamente de Dios: «Ustedes creen que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora, dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,27-28). Por otro lado, Jesús es el Cordero de Dios, porque Dios es su pastor. En Jesús alcanza su sentido pleno el Salmo 23: «El Señor es mi Pastor; nada me falta... nada temo porque tú vas conmigo» (Sal 23,1.4). Esto lo vivió Jesús plenamente, como lo declara, cuando todos los hombres lo abandonaron y lo dejaron solo ante su pasión: «Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16,32).

Esta condición de Jesús es lo que atrajo hacia él a los dos discípulos de Juan que lo siguieron. Jesús se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscan?». Ellos, en lugar de responder, preguntan: «Rabbí... ¿dónde permaneces?». Eso es lo que buscan. El interés de ellos no es encontrar una habitación terrena de Jesús. Si hubiera sido así, habrían usado otro verbo griego, el verbo «katoikeo» (habitar). Ellos buscan la explicación de su identidad. Jesús les dice: «Vengan y verán». La traducción literal de lo que sigue es esta: «Ellos fueron, vieron donde permanecía y permanecieron con él aquel día». ¿Qué es lo que vieron? Lo que vieron no fue una casa terrena en la cual Jesús habitara. No es esto lo que interesa. Lo que vieron ese día, en que permanecieron con Jesús, lo expresan a modo de testimonio: «Hemos encontrado al Mesías, (que es traducido por Cristo)».

El testimonio de Juan se prolonga en el testimonio de esos dos discípulos, que ahora han tenido un encuentro personal con Jesús: «Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías”. Y lo llevó a Jesús». Todo el que ha tenido un encuentro personal verdadero con Jesús se comporta como Andrés; no puede dejar de anunciarlo a los demás. Signo de autenticidad del encuentro con Jesús es el impulso a comunicarlo a otros, para que todos gocen de la salvación. Acerca de esos primeros discípulos, más tarde Jesús dirá: «Ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio» (Jn 15,27).

El encuentro personal más estrecho con Jesús lo tiene el discípulo cada domingo en la Eucaristía, según la promesa de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Esta permanencia recíproca no es algo cerrado, sino origen de un impulso a procurar la salvación de los demás: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). La Eucaristía es la fuente de toda evangelización. Participando en ella podemos hacer hoy la misma experiencia de Andrés y del otro discípulo que permanecieron con Jesús aquel día inaugural.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
​​Obispo de Santa María de Los Ángeles