Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de Diciembre del 2014

Jn 1,6-8·19-28
En medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen

«Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan...». Con estas palabras comienza el Evangelio de este III Domingo de Adviento. Están tomadas del Prólogo del IV Evangelio. El Prólogo comienza llevandonos a la eternidad de Dios donde tiene su lugar propio la Palabra: «En el principio era la Palabra y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios. Ella era en el principio con Dios» (Jn 1,1-2).

El Prólogo de Juan tiene una intención claramente universalista. De hecho, sus primeras palabras evocan la creación de todo el universo, que se ubica en esa misma eternidad de Dios: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1). Son las primeras palabras de toda la Biblia. Para explicar esa primera afirmación, entra inmediatamente en acción la Palabra creadora de Dios, la que «era en el principio con Dios»: «Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz...» (Gen 1,3). El Prólogo reafirma esa acción creadora de la Palabra: «Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada» (Jn 1,3). Recién ahora el Prólogo menciona a los seres humanos; lo hace en relación a la Palabra: «Lo acontecido en ella (en la Palabra) era vida; y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,3b-4). Se refiere a todos los hombres y mujeres sin distinción. El Prólogo pasa de la vida, que es propia de la Palabra, a la metáfora de la luz, para explicar cómo esa vida se concede a los hombres. Más adelante el Prólogo continúa: «Estaba viniendo el mundo la luz verdadera, que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9).

Esta luz se llama «verdadera», no en oposición a una luz falsa, sino en oposición a la luz material, que le sirve de signo. Es una luz potentísima una vez que es captada; pero así como la luz material, para ser captada, exige el sentido de la vista, esta luz exige la fe y, por tanto, se basa en el testimonio. Aquí entra en acción Juan: «Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él». De nuevo, la perspectiva es universal: la fe de todos se basa en el testimonio de Juan. Él es «más que un profeta», según la definición de Jesús (Mt 11,9; Lc 7,26).

¿Cuál es el testimonio de Juan? Responde la segunda parte del Evangelio de hoy: «Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: "¿Quién eres tú?"». Las negaciones: «No soy el Cristo... no soy Elías... no soy el profeta», nos indican que el verdadero testigo de la luz debe negarse a sí mismo completamente para que resplandezca la luz que tiene que anunciar. Y esto es lo que anuncia: «En medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». El que viene es de tal naturaleza que Juan, el «enviado por Dios», no se considera digno de ofrecerle el servicio de un esclavo: «Desatarle la correa de su sandalia». El testimonio pleno de la luz, que todos tenemos que creer, lo dará Juan al día siguiente ante sus discípulos: «Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo"» (Jn 1,29-30).

Cuando apareció Juan, predicando en el desierto, muchos acudieron a él pensando que podía ser él el Cristo, como lo hace notar Lucas en su Evangelio: «Todos andaban pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo» (Lc 3,15). Juan se define a sí mismo en referencia a una antigua profecía de Isaías: «Yo soy voz del que clama en el desierto: "Rectifiquen el camino del Señor"», Esa voz da testimonio de otro que tiene que venir. Para evitar toda confusión, el Prólogo, hablando de Juan, aclara: «No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz». El único que puede dar testimonio de la luz como de sí mismo es Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la tiniebla, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

También hoy resuena el testimonio de Juan: «En medio de ustedes está uno... a quien no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Lo confirma Jesús: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Pero Juan agrega algo que nos interpela, especialmente en este tiempo del Adviento: «Ustedes no lo conocen». En el tiempo de Juan los que no acogieron su testimonio, nunca conocieron a Jesús y lo rechazaron hasta el punto de hacerlo morir en la cruz: «Debe morir porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7). Jesús está hoy en medio de nosotros; debemos preguntarnos si nosotros lo conocemos y lo acogemos: «A quienes lo acogieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hemos insistido en la universalidad del Prólogo, porque estas palabras están dichas para los hombres y mujeres de todos los tiempos. Nuestra vocación, la única vocación del ser humano, es la de ser hijo de Dios. El único modo de responder a esta sublime vocación es acoger a Jesús en nuestra vida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles