Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Diciembre del 2014

Mc 1,1-8
Preparen el camino del Señor

En este II Domingo de Adviento aparece la figura de Juan Bautista, que nos acompañará este domingo y el próximo. No se puede hablar de la venida del Salvador –esto significa «adviento»– sin hacer referencia a Juan Bautista. Precisamente, él anuncia a Jesús diciendo: «Detrás de mí viene». Por eso Juan recibe el nombre habitual de «Precursor». Si el Evangelio es el anuncio de que la promesa de salvación se ha realizado en Jesús, es normal que los cuatro evangelistas comiencen con la figura del Precursor. Este domingo leemos los primeros versículos del Evangelio de Marcos.

La primera frase es claramente un título: «Comienzo del Evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios». Sigue una frase circunstancial: «Como está escrito...». La frase principal, la primera afirmación de esos primeros versículos de Marcos, tiene a Juan como sujeto: «Apareció Juan bautizando en el desierto...». Después de describir la actividad de Juan, el Evangelio continúa: «En aquellos días vino Jesús de Nazareth de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). Juan precede a Jesús y ambos se encuentran en el bautismo de Juan.

Juan es un personaje histórico mencionado, no sólo en los cuatro Evangelios, sino también en los escritos del judío del siglo I, Flavio Josefo. Todos lo vinculan con un rito propio: el bautismo. Es cierto que los judíos usaban muchas abluciones como medio de purificación antes de comer y antes de participar en el culto; pero un rito penitencial de inmersión del cuerpo entero en el agua es propio de Juan. Por eso, su lugar era el río Jordán: «Proclamaba un bautismo de conversión para perdón de los pecados... eran bautizados por él en río Jordán, confesando sus pecados».

Juan presentaba su bautismo como el modo de prepararse para recibir la salvación que estaba próxima a manifestarse: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo... Yo los he bautizado con agua; pero él los bautizará con Espíritu Santo». Marcos interpreta la persona de Juan y su misión a la luz de las profecías de Malaquías y de Isaías que hablan de una preparación para la venida del Señor. (El evangelista las atribuye ambas a Isaías, señal de que cita la Escritura de memoria). Dios decía a su enviado por medio de Malaquías: «Mira, yo envío mi mensajero delante de ti, que te facilitará el camino, y enseguida vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan» (Mal 3,1). Por su parte, Isaías habla de una misteriosa voz: «Voz del que clama en el desierto: preparen el camino del Señor, hagan rectas las sendas del Dios de ustedes» (Is 40,3).

¿Cómo realiza Juan esas profecías? ¿Cómo entiende que debe prepararse el camino del Señor que viene? Juan prepara el camino del Señor llamando a la conversión para obtener el perdón de los pecados. La sinceridad de la conversión era manifestada por la confesión de los pecados y el baño con agua en el Jordán. Era un rito exigente. Y, sin embargo, muchos lo asumían: «Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados».

El pecado es la actitud del ser humano por la cual rechaza a Dios. El pecado consiste en preferir a las creaturas con desprecio del Creador. Por eso, el pecado no sólo es una necedad, sino, sobre todo, un impedimento a la salvación de Dios, que no es otra cosa que la amistad y el favor de Dios. Tiene razón Juan, cuando llama a convertirse a Dios y rechazar en adelante el pecado. Esta tiene que ser nuestra actitud en este tiempo de Adviento. También nosotros estamos preparando el camino al Señor, para que venga sin obstáculos a nosotros y nos comunique su vida divina. En nuestra situación, después del Bautismo con el Espíritu Santo que hemos recibido, el perdón del pecado consiste en renovar esa gracia bautismal que nos hizo hijos de Dios. No se obtiene por un nuevo Bautismo, sino por otro medio eficaz: el Sacramento de la Reconciliación, que también incluye como elemento esencial la confesión del pecado y el firme propósito de enmienda. El perdón de Dios es concedido por la absolución del sacerdote, que en nombre de Dios declara: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Si en el tiempo de Juan todos acudían a su bautismo con agua, ahora, en este tiempo de Adviento, todos debemos acudir al Sacramento de la Reconciliación. Esta es la verdadera preparación.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles