Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Noviembre del 2014

Jn 2,13-22
Hablaba del templo de su cuerpo

La Iglesia celebra la Dedicación de la Basílica San Juan de Letrán, que es la Catedral de la Diócesis de Roma. Celebra esta fiesta hoy, aunque sea hoy «el día del Señor», porque, en realidad, esta es una fiesta del Señor. En efecto, la Basílica fue consagrada por el Papa Silvestre en el año 324 y dedicada al Santísimo Salvador. Sólo en el siglo VI se le agregaron los nombres San Juan Bautista y San Juan Evangelista. La dedicación de un templo al Santísimo Salvador, Jesucristo, es un reconocimiento de su divinidad. ¡El aniversario de ese evento es una gran fiesta del Señor!

San Pablo afirma la divinidad de Jesús cuando declara en el himno cristológico de la carta a los filipenses: «Al Nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2,10-11). Él mismo afirma que «en Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). Pero ni a San Pablo ni a ninguno de los primeros cristianos se les habría ocurrido que podía haber en la tierra otro templo fuera del de Jerusalén, dedicado al Dios de Israel, el mismo que Jesús llama «mi Padre», cuando reprocha a los judíos: «No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Todos los creyentes vivían unidos... acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu» (Hech 2,44.46). Y el mismo San Pablo fue detenido en el templo acusado de haber introducido en él a gentiles. En el tiempo de San Pablo el templo de Jerusalén todavía estaba en pie en todo su esplendor, después de la reconstrucción de Herodes que tomó 46 años.

Los judíos y el mismo Jesús llaman al templo «la Casa de Dios». Pero era claro para ellos que Dios no podía habitar en un edificio hecho por manos humanas. Lo recuerda San Esteban citando al profeta Isaías: «El Altísimo no habita en casas hechas por manos humanas, como dice el profeta: “El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies; ¿qué casa me podrán edificar ustedes –dice el Señor– y qué lugar para mi descanso?”» (Hech 7,48-50; Is 66,1). Como todas las instituciones del Antiguo Testamento, el templo es una figura destinada a anunciar el verdadero templo, la verdadera casa de Dios. A ese verdadero templo se refiere Jesús cuando formula este signo como explicación de su conducta: «Destruyan este templo y en tres días yo lo levantaré».

Si Jesús, al decir «este templo», se hubiera referido al templo de Jerusalén, su afirmación no habría tenido sentido, como objetan inmediatamente: «¡En 46 años se ha construido este templo!; y tú ¿en tres días lo vas a levantar?». Jesús se refería al verdadero templo, que es su cuerpo, porque en él habita verdaderamente Dios. No es que el templo antiguo haya sido una Casa de Dios falsa –de hecho Jesús la llama «Casa de mi Padre»–; es Casa de Dios, pero sólo en cuanto figura y anuncio. La Casa de Dios verdadera es el cuerpo de Cristo. Esto lo entendieron sus discípulos solamente después de su resurrección. En ese evento fundante de la fe cristiana, Jesús levantó el verdadero templo en tres días. El evangelista, ya en conocimiento de la resurrección de Cristo, explica su frase: «Él hablaba del templo de su cuerpo». Y también nos dice cómo cayeron en la cuenta de eso: «Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús». Es claro que antes no habían creído que él pudiera levantar el verdadero templo de Dios en tres días.

Al dedicar el Papa Silvestre una Basílica el Santísimo Salvador está edificando un verdadero templo, porque allí se hace presente Jesús con su cuerpo glorioso. Después de la Basílica del Santísimo Salvador se levantaron en todo el orbe templos dedicados a Jesucristo como verdadero Dios. El nombre que esos templos adquieren es solamente secundario, como el nombre San Juan de Letrán; la verdadera dedicación es siempre el Santísimo Salvador. En nuestros templos habita verdaderamente Dios. Si el celo por la Casa de su Padre, que era sólo figura, devoraba a Jesús y por eso no admitió que se convirtiera en casa de negocios, ¡cuánto más debemos nosotros respetar la verdadera Casa de Dios, que son nuestros templos! La fiesta de hoy nos debe llenar de gozo al saber que nosotros tenemos a Dios mismo entre nosotros. En nosotros se cumple también lo que preguntaba Moisés: «¿Qué nación hay que tenga a su dios tan cerca como está cerca de nosotros el Señor nuestro Dios?» (Deut 4,7).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles