Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Mayo del 2011

Jn 20,19-31
Domingo de la Divina Misericordia

El II Domingo de Pascua tiene su Evangelio propio que se lee todos los años, es decir, en los tres ciclos de lecturas. Se reserva ese Evangelio a este día, porque la segunda de las dos apariciones de Jesús resucitado que relata tiene lugar precisamente en un día como hoy: «Al atardecer de aquel primer día de la semana (el mismo día de la Resurrección)... Ocho días después estaban de nuevo los discípulos reunidos... Entonces apareció Jesús en medio de ellos».

El II Domingo de Pascua recibe dos nombres que en verdad no tienen relación con el Evangelio. «Dominica in albis» (domingo con vestiduras blancas) es una instrucción litúrgica que se dirige a los neófitos, que recibieron los Sacramentos en la Vigilia Pascual, y después del Bautismo recibieron la vestidura blanca signo de la santidad de su alma. La instrucción «dominica in albis» dice que esa vestidura deben llevarla todavía los neófitos al participar de la Eucaristía este domingo. Después ya pueden dejarla.

«Domingo de quasimodo» es el nombre que recibe por las primeras palabras de la Antífona de entrada de la Misa en latín: «Quasi modo geniti infantes...» («Como niños recién nacidos, deseen la lecha pura de la Palabra...»).

Pero, últimamente, este II Domingo de Pascua ha recibido un tercer nombre y éste sí que tiene relación con su Evangelio propio: «Domingo de la Divina Misericordia». El ser humano es más necesitado de misericordia cuando es más miserable y esto ocurre cuando está muerto a causa del pecado. Por tanto, la expresión máxima de la misericordia consiste en devolvernos la vida perdonandonos el pecado. Esto puede hacerlo sólo Dios y en esto consiste la misericordia divina, como lo afirma San Pablo: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amo, estando nosotros muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia ustedes han sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-6). Dios ejerció su misericordia hacia nosotros enviandonos a su Hijo: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El Evangelio de hoy –decíamos– tiene relación estrecha con la misericordia divina, porque nos relata el momento en que Jesús da a sus discípulos el poder de perdonar los pecados y así prolongar la misericordia divina sobre todos los hombres y mujeres de todas las generaciones.

En efecto, la misión es la misma: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes». ¿A qué los envía? ¿Cuál es la misión? La misma que tuvo Cristo: poner en acción la misericordia divina que consiste en el perdón de los pecados para devolvernos la vida eterna: «A quienes ustedes perdonen los pecados les serán perdonados; a quienes ustedes se los retengan les serán retenidos». Confiar el ejercicio de este poder divino a la Iglesia es expresión de la misericordia divina.

Dios mismo, valiendose de la mediación de la religiosa polaca, Santa Faustina Kowalska (1905-1938), quiso que en este domingo se pusiera de relieve la misericordia divina. Y el Papa Juan Pablo II acogió esa petición repetida con insistencia en los escritos de Santa Faustina. Él mismo beatificó a Faustina en este día el año 1993 (18 abril) y la canonizó en este día el año 2000 (30 abril). Él mismo estableció que este II Domingo de Pascua en adelante se llamara el «Domingo de la Divina Misericordia» para poner de relieve este rasgo esencial de Dios hacia el ser humano y así invitarnos a confiar en su amor. Por eso, el actual Pontífice Benedicto XVI ha fijado para el día de hoy, II Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, la beatificación de ese gran Papa, que muchos aseguran que pasará a la historia con el nombre San Juan Pablo Magno. Agradecemos a Dios por el don que ha hecho a la Iglesia y al mundo al darnos ese gran Pastor.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles