Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de del 2014

Mt 15,21-28
Les dio poder de hacerse hijos de Dios

El Evangelio de Mateo hace un sumario de la actividad de Jesús, después que comenzó su vida pública, antes de su viaje a Jerusalén: «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama se difundió a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó» (Mt 4,23-24). Un solo viaje hizo Jesús fuera de los confines de Israel, precisamente a esa región de Siria donde se había difundido su fama. El Evangelio de este Domingo XX del tiempo ordinario nos relata lo que ocurrió en esa ocasión.

«Saliendo de allí (probablemente de Cafarnaúm), Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón». Estas ciudades están en Siria, donde su fama lo había precedido, entre otras cosas, porque liberaba a los endemoniados. Así se explica la continuación del relato: «Una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada”». La reacción de Jesús es muy distinta de todo lo que le conocemos: «Él no le respondió palabra». Dos cosas mueven a la mujer cananea a gritar pidiendo la misericordia de Jesús: su absoluta confianza en que Jesús tiene poder para liberar a su hija, y su amor materno. En efecto, ella dice: «Ten piedad de mí»; pero la endemoniada no es ella, sino su hija. Por ambos motivos se esperaría que Jesús la escuchara.

Hemos visto que en Galilea Jesús curaba a todos los enfermos y endemoniados que le traían. Los dos ciegos de Jericó le gritan diciendo lo mismo que esa mujer cananea: «¡Ten piedad de nosotros, Señor, Hijo de David!» (Mt 20,30.31). Y, en este caso, contradiciendo a la multitud que quería hacer callar a los ciegos, Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó: «¿Qué quieren que haga por ustedes?» (Mt 20,32).

Ante la insólita actitud de Jesús intervienen los discípulos en favor de la mujer, no por compasión hacia ella –para los discípulos no era más que una mujer pagana–, sino por su importunidad: «Concedeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Jesús, entonces, explica: «No he sido enviado, sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Pero esta detención permitió a la mujer entablar un diálogo con Jesús: «Viniendo se postró ante él y le dijo: “¡Señor, ayudame!”». Jesús le explica también a ella su negativa: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarselo a los perritos». La sentencia de Jesús es indiscutible. Obviamente, la condición de hijos corresponde a la casa de Israel, en tanto que a la mujer, por ser pagana, corresponde la condición de perros, aunque dicho más suavemente por Jesús: «perritos». La mujer no discute esta atribución, pero insiste en que el poder de Jesús puede extenderse también más allá de Israel: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella, en el fondo, tenía razón y ahora es Jesús quien lo reconoce: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Desde aquel momento su hija quedó curada.

El relato tiene gran dramatismo. Todos nos hemos identificado con esa mujer y nos alegramos de ver que finalmente se impone la misericordia del corazón de Jesús. Pero nos queda una duda, un problema, más bien. Jesús ha hecho algo que él mismo ha dicho que no está bien: «No está bien dar el pan de los hijos a los perros». ¿Puede la misericordia justificar algo que no está bien? Si una acción no está bien es porque es contraria a la misericordia. No se puede, entonces, invocar la misericordia para hacer esa acción.

La sentencia de Jesús es verdadera: «No está bien dar el pan de los hijos a los perros». Y ¡Jesús no ha actuado contra ella! Lo que ocurre es que, cuando Jesús le concede a la mujer lo que pide –le da el pan de los hijos–, ella ya no es perro, sino hija. Jesús, entonces, le da el pan que le corresponde. Ella ha comenzado a ser hija por su fe, como explica Jesús: «Mujer, grande es tu fe». Todos –judíos y paganos– nos hacemos hijos de Dios por la fe en Jesús. Para esto vino él al mundo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; mas a cuantos lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre» (Jn 1,11-12). La mujer cananea demostró creer en su Nombre más que los mismos hijos de Israel.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles