Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Enero del 2011

Mt 2,1-12
Le regalaron oro, incienso y mirra

«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes...». Con esta frase circunstancial comienza el Evangelio de este domingo. Es continuación de la frase anterior: «María dio a luz un hijo y José le puso por nombre Jesús» (Mt 1,25). Las circunstancias de ese nacimiento son el anonimato total y el más completo ocultamiento, pues Belén, en tiempo del rey Herodes no era más que un pequeño grupo de casas carente de toda importancia. Se quiere destacar que Jesús no nació en alguna de las grandes capitales de ese tiempo ni en un palacio real. Pero la continuación del relato explica cómo fue manifestado al mundo. Esto quiere decir la palabra «epifanía» que da nombre a esta solemnidad.

En la continuación del relato se repite la palabra «estrella» cuatro veces. En la época de Jesús se tenía la convicción de que los hechos de la tierra eran guiados por la configuración del cielo. En esa época había personas que se dedicaban a observar el cielo y cultivar la astrología. Este es el caso de esos «magos de Oriente». La aparición de una estrella en el cielo era el anuncio del nacimiento de un gran personaje. Por eso los magos llegan a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo». Preguntan por un personaje cuyo nacimiento es anunciado por la aparición de su propia estrella en el cielo. Ellos lo caracterizan como «el Rey de los judíos» y lo consideran digno de adoración. De esta manera, el nacimiento oculto de Jesús fue manifestado a pueblos lejanos.

La descripción de los magos sugiere a Herodes y a los especialistas en las Escrituras que el personaje por el cual preguntan los magos es el Cristo (el Mesías anunciado a Israel), pues éste tendría rango de Rey y a él diría Dios: «Sientate a mi derecha», es decir, sería elevado el nivel de Dios. Y acerca del Mesías bien se sabía dónde tenía que nacer, según el oráculo: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel». Allá enviaron a los magos.

Cuando ellos vieron al Niño Jesús con María su madre, postrandose ante él lo adoraron y luego le entregaron los regalos que le traían: oro, incienso y mirra. Dos de estos regalos estaban anunciados, como leemos en la lectura del profeta Isaías: «¡Levantate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Los pueblos caminarán a tu luz... Vienen todos a ti trayendo oro e incienso y proclamando las alabanzas del Señor». Lo que el Evangelio nos quiere decir es que esta profecía se ha realizado con la llegada de esos hombres venidos de pueblos lejanos a ver la «gloria del Señor». Ellos traen al recién nacido esos dones: oro, que representa su realeza, e incienso, que representa su divinidad. Pero los magos traen un tercer don que no estaba anunciado: le traen al recién nacido también mirra. El Evangelio quiere claramente llamar la atención sobre este don: ¿por qué regalan mirra a un recién nacido? La mirra es un ungüento que se usa para el tratamiento de un cadáver antes de sepultarlo.

El que ha nacido es, entonces, Rey y es de condición divina; pero, como verdadero hombre, será sometido a la muerte. La mirra, entre los regalos de oro e incienso, produce el mismo efecto que produjo el primer anuncio que hizo Jesús de su pasión y muerte como respuesta a la confesión de Pedro que lo reconocía como Cristo e Hijo de Dios vivo: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho... ser matado y resucitar al tercer día». No correspondía este anuncio con su realidad de Cristo e Hijo de Dios. Por eso, Pedro reacciona: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!».

La Epifanía nos manifiesta a Jesús como Rey del Universo y como Dios; pero hecho hombre y venido a dar la vida por nuestra salvación. Este es el misterio que se revela a nosotros, para nuestra contemplación y adoración.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles