Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 28 de del 2014

Mt 21,28-32
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

Jesús fue muy crítico de los que profesan con los labios la obediencia a la voluntad de Dios, pero la contradicen con la vida, en particular, cuando esto ocurre con los que están constituidos en autoridad. Él no soporta esa incoherencia, muchas veces acentuada por la hipocresía. Con cierta ironía, manda a sus discípulos algo prácticamente imposible: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen todo lo que ellos les digan; pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas...» (Mt 23,2-4). Es muy difícil adherir a la palabra de quien, con su propia vida, la contradice, pues esa palabra carece de toda autoridad.

Los cristianos caemos a menudo en esa incoherencia. En efecto, oramos a Dios pidiendo: «Hagase tu voluntad en la tierra como en el cielo» y luego, actuamos de manera contraria a la voluntad de Dios. Pedimos a Dios que se haga su voluntad y estamos de acuerdo con la aprobación de leyes que contradicen la voluntad de Dios: ley de divorcio, acuerdo de vida en pareja, uniones homosexuales, aborto, eutanasia, etc. En este caso, al orar: «Hagase tu voluntad», parece que quisieramos engañar a Dios mismo, pues la «letra chica» dice: «Siempre que no se oponga a la voluntad del hombre».

En el Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario leemos una parábola que Jesús propone para poner en evidencia esa incoherencia en los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Cuando Jesús les pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era, del cielo o de los hombres?» (Mt 21,25), ellos, velando más por su propio interés que por la verdad, responden: «No sabemos» (Mt 21,27). Jesús declara esa falsedad más grave que el pecado de los publicanos y las prostitutas.

Jesús presenta el caso de un padre que tenía dos hijos. Dijo al primero: «Hijo, anda hoy a trabajar a la viña». Él respondió: «No quiero»; pero luego, se convirtió y fue. Dijo lo mismo al segundo y él respondió: «Sí, señor», pero no fue. Jesús compromete al auditorio preguntando: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». Responden todos: «El primero». Entonces Jesús hace la aplicación: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios». Declara que los publicanos y las prostitutas tienen más fácil acceso a Dios que los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Los publicanos y las prostitutas son pecadores. Pero Jesús afirma –«en verdad les digo»– que los sumos sacerdotes y los ancianos son más pecadores que ellos. ¿Cómo puede ser?

Jesús explica: «Vino Juan a ustedes por camino de justicia, y ustedes no creyeron en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y ustedes, ni siquiera viendo eso, se convirtieron después, para creer en él». El prólogo del IV Evangelio presenta a Juan en términos que podrían aplicarse al mismo Jesús: «Hubo un hombre enviado por Dios, su nombre era Juan» (Jn 1,6). Y el mismo Jesús lo define como «más que un profeta» (Mt 11,9). Los publicanos acudieron a su bautismo de conversión preguntando: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» (Lc 3,12). En cambio, los sumos sacerdotes y los ancianos no acudieron a su bautismo y probablemente algunos de los allí presentes, cuando Jesús hablaba, estaban entre los invitados en ese cumpleaños de Herodes en que él hizo traer la cabeza de Juan en una bandeja para recompensar el baile lascivo de la hija de su conviviente. No sólo eso: ¡Ellos iban a decretar la muerte del mismo Jesús, el más inocente de todos los hombres! Ellos confiesan con la boca su cumplimiento de la voluntad de Dios; pero rechazan al enviado de Dios, a Juan y, sobre todo, a Jesús. Son como el hijo que dice a Dios con la boca: «Sí, señor», pero con su conducta dicen: «No». Son incoherentes.

El primer grado en el cumplimiento de la voluntad de Dios es el de aquellos que dicen: «Sí, Señor» y luego hacen la voluntad de Dios con prontitud y gozo. Este es el caso de la Virgen María: «He aquí la esclava del Señor; hagase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). El segundo grado en el cumplimiento de la voluntad de Dios es el de aquellos que dicen: «No, Señor»; pero luego se convierten y la hacen. No tienen nombre los que dicen a Dios: «Hagase tu voluntad» y no tienen intención de cumplirla.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles