Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de del 2014

Mt 18,21-35
Si ustedes perdonan, los perdonará su Padre celestial

El Evangelio de este Domingo XXIV del tiempo ordinario nos permite conocer más a fondo lo que Jesús tenía en mente cuando nos enseñó a orar así: «Padre nuestro... perdonanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Esta es una oración insólita; a nadie se le habría ocurrido orar de esa manera. En el Sermón de la montaña, Jesús resume su ley en un solo mandamiento: «Ustedes sean perfectos, como es perfecto su Padre celestial» (Mt 5,48). Indica a Dios como ejemplo a imitar, aunque inalcanzable. Pero, cuando se trata del perdón, Jesús nos manda pedir a Dios lo contrario, es decir, ¡que Él nos imite a nosotros! Esta petición es tan desconcertante que es la única de las siete peticiones del Padre Nuestro que Jesús se ve en la obligación de explicar: «Pues, si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero, si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas» (Mt 6,14-15).

En realidad, la explicación se debe también a que en el Padre Nuestro Jesús ha usado una metáfora tomada del ámbito comercial: «Perdonanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). La parábola que leemos en el Evangelio de este domingo nos permite comprender esa petición. La parábola está motivada por una pregunta de Pedro sobre el perdón al hermano: «¿Cuántas veces pecará contra mí mi hermano y yo lo perdonaré; hasta siete veces?». Pedro sabe que tiene que perdonar al hermano que lo ofende; pero considera que siete veces es el máximo tolerable. La respuesta de Jesús le aclara que el perdón no debe tener límite: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Obviamente, Jesús no está aumentando ese máximo a 490. Él quiere decir: «Siempre».

En la parábola se presentan dos deudores. Un siervo debe a su señor diez mil talentos. Todos los que oyen saben que es imposible que el siervo pueda saldar esa deuda exorbitante (360 toneladas de oro). Su situación significa la pérdida de su libertad, de su familia y de toda su hacienda: «Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase». El siervo postrado suplica: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». El Señor va mucho más allá que lo implorado y concede al siervo lo que no se atreve ni siquiera a pedir: «Le perdonó la deuda». Nuestra palabra española «perdón» está compuesta del sustantivo «don» y del prefijo reduplicativo «per». Se trata, entonces, de un don grande, un inmenso regalo. Es lo que hizo el rey con su siervo. Pero la palabra usada por el Evangelio no es esta. El Evangelio dice: «Lo desató y le remitió la deuda». La deuda tenía al siervo atado; el perdón del rey lo desató.

La parábola tiene una segunda escena. El siervo, al salir, recién perdonado de «¡aquella deuda!», encuentra un compañero que le debe cien denarios (lo que ganaba un obrero en cien días, pocos gramos de oro) y le exige el pago: «Paga lo que debes». Su compañero le suplica que tenga paciencia; pero él no escucha y lo deja atado: «Lo echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía». Esta actitud indigna a sus mismos compañeros: había sido desatado de una deuda de 360 toneladas de oro y no desata a su compañero que le debe pocos gramos de oro. Y van a decirlo al rey. Entonces también se indigna el rey, lo llama y le dice: «“Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía». El señor terminó «perdonando como perdonaba el siervo»; en este caso, no perdonando. Hasta aquí la parábola. La conclusión de Jesús se refiere al modo de proceder de Dios: «Esto mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano».

El Evangelio de este domingo nos enseña que para obtener el perdón de Dios, sin el cual estaríamos condenados, no basta tener dolor del pecado y propósito de enmienda, es necesario también que nosotros perdonemos de corazón las ofensas recibidas. Lo pedimos así nosotros mismos al orar: «Perdonanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». El «ajuste de cuentas» y la venganza impiden el perdón de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles