Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de del 2014

Mt 18,15-20
Con nosotros Dios

Sabemos que el Capítulo 18 del Evangelio de Mateo contiene el así llamado «Discurso eclesial», porque contiene las normas de Jesús para la vida de esa Iglesia que él funda sobre Simón: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Ese capítulo comienza con la pregunta de los discípulos: «¿Quién es el mayor en el Reino de los cielos?» (Mt 18,1), que da ocasión a Jesús para enseñar que hay que hacerse pequeño como un niño para entrar en el Reino de los cielos. Luego siguen otras normas y concluye el discurso con la frase habitual: «Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de allí...» (Mt 19,1). El Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario está en el medio de ese capítulo y nos transmite lo mandado por Jesús para el caso de un hermano que peca: «Si tu hermano peca...».

El tratamiento de este caso, está precedido por la parábola de la oveja perdida: «Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada?» (Mt 18,12), y la conclusión solemne: «No es voluntad del Padre celestial de ustedes que se pierda uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14). Nosotros queremos alinear nuestra voluntad con la de Dios; por eso oramos: «Padre nuestro, que estás en el cielo... hagase tu voluntad...». Tampoco es, entonces, voluntad nuestra que se pierda uno solo de nuestros hermanos. Por tanto, cada uno de nosotros debe procurar que su hermano, que se ha puesto en estado de perdición por el pecado, se convierta. Así podrá hacer suyas las palabras de Dios: «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11).

Lo mandado por Jesús para ese caso lamentable tiene tres niveles. El primero debe ser amonestar al hermano en privado: «Vete y reprendelo, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». En este caso, sabemos la reacción: «En verdad les digo que se alegra más por ese hermano que por los 99 que no se han perdido» (Mt 18,13). Si el hermano se obstina en su conducta, no hay que rendirse tan rápido: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos...». Sería oportuno, por ejemplo, tomar a su padrino de Bautismo o de Confirmación, que tiene el deber de velar por la salvación de su ahijado. Si esta gestión no resulta, tampoco hay que rendirse: «Si los desoye a ellos, díselo a la Iglesia. Y si desoye a la Iglesia, sea para ti como el pagano y el publicano». Si desoye a la Iglesia, se excluye él mismo de la comunión con la Iglesia y, por tanto –esto es lo grave–, de la comunión con Dios: «En verdad les digo: lo que ustedes aten en la tierra, queda atado en el cielo», se entiende, «ante Dios». Pero queda siempre la esperanza de que pueda ser desatado, es decir, una vez que reconozca su pecado y se arrepienta, pueda reconciliarse con la Iglesia y con Dios: «Lo que ustedes desaten en la tierra queda desatado en el cielo».

En el Evangelio de este domingo tenemos también la garantía de la presencia de Jesús en medio de sus discípulos, cuando se reúnen en su nombre: «De nuevo les digo que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que pidan, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos, porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Por eso, a la comunidad de sus discípulos, como hemos visto, la llama «mi Iglesia», evocando la expresión del Antiguo Testamento: «Iglesia del Señor (de Yahweh)», que designaba a Israel y cuya característica era que Dios caminaba con ellos: «El Señor (Yahweh) iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos... No se apartó del pueblo ni la columna de nube por el día, ni la columna de fuego por la noche» (Ex 13,21-22).

¿Qué significa «reunidos en mi Nombre»? Significa confesar la identidad de Jesús, la identidad que, desde el principio, Mateo declara viendo cumplida en él esta profecía: «Llamarán su nombre Emmanuel, que traducido es “con nosotros Dios”» (Mt 1,23). Después de su resurrección, cuando Jesús aparece a sus discípulos en Galilea, declara su identidad divina diciendo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en el tierra...». Y confirma su nombre Emmanuel (con nosotros Dios) agregando: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Este es el gozo de su Iglesia. Lo experimentan los miembros vivos de ella.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles