Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 31 de del 2014

Mt 16,21-27
Mi sangre, derramada para el perdón de los pecados

Jesús aprobó la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», como revelada por su Padre celestial. Pero «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo». E inmediatamente comenzó a explicarles en qué forma realizaría él su misión de Cristo e Hijo de Dios. Es lo que leemos en este Domingo XXII del tiempo ordinario: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día». Es el primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección.

Pero este anuncio no correspondía con lo que estaba profetizado sobre el Ungido del Señor. Por citar un ejemplo, entre muchos otros, el Salmo 20 dice: «Ahora sé que el Señor salva a su Ungido; desde su santo cielo le responderá con la fuerza salvadora de su diestra» (Sal 20,7). Por su parte el Salmo 89: «He encontrado a David mi siervo, con mi óleo santo le he ungido; mi mano será firme para él, y mi brazo lo fortalecerá... El me invocará: “¡Tú, mi Padre, mi Dios y Roca de mi salvación!”. Y yo lo haré el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra» (Sal 89,21-22.27-28). Sobre la base de este concepto del Cristo (Ungido) es que Pedro, al escuchar a Jesús decir que tiene que «padecer mucho... y ser matado», lo toma aparte y le dice: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!».

La réplica de Jesús es la más dura que encontramos en el Evangelio y ¡la dirige a Pedro!: «¡Quitate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí!». Quedamos impactados con esta respuesta. Sabemos que Jesús no dejó nada escrito. De hecho, su lengua materna era el arameo y todo el Nuevo Testamento está escrito en griego, por otros. Sabemos que todo lo que Jesús reveló al mundo lo confió a sus Doce apóstoles, con Pedro a la cabeza. Después de la Ascensión, cuando se presentó a la comunidad de los discípulos un problema administrativo, Pedro convocó a la comunidad y dijo: «No parece bien que nosotros (los Doce) abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas (se refiere a la distribución de los bienes)... nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hech 6,2.4). Los Doce fueron los que estuvieron con Jesús desde su Bautismo en el Jordán hasta su Ascensión al cielo. Ellos tuvieron la misión de velar para que todo lo que se predicaba sobre Jesús fuera la verdad. Este es el «servicio de la Palabra». Lo que ellos no aprobaron quedó como apócrifo (cada cierto tiempo aparece alguno de estos escritos). Nos preguntamos: ¿Por qué dispuso Pedro que se conservara en el Evangelio ese episodio en el cual la piedra fundamental de la Iglesia es llamado por Jesús «Satanás» y definido como «obstáculo» para su misión? ¿No iba a ser esto una dificultad para la credibilidad de la Iglesia?

Que el mismo Pedro haya decidido conservar como parte del Evangelio ese episodio es –contra lo que parece– un poderoso argumento de credibilidad de todo el Evangelio. En efecto, en aras de la verdad, él no vacila en sacrificar su propia imagen. Un segundo motivo indujo a Pedro a conservar ese episodio: se trata del punto más difícil de comprender de todo el misterio cristiano. Los teólogos medievales componían grandes tratados con el título: «Cur Deus homo?» (¿Por qué Dios tuvo que hacerse hombre?). Pero aquí la dificultad es mucho mayor: «¿Por qué Dios hecho hombre tuvo que morir?». La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, en la cruz fue necesaria para salvarnos del pecado y de la condenación que pesaba sobre nosotros: «Este es el cáliz de mi sangre... derramada para el perdón de los pecados». La muerte de Jesús es el argumento más fuerte para comprender la gravedad del pecado. La dificultad para entender esto asaltó a Pedro, y asalta a todo cristiano, desde el Sucesor de Pedro hasta el último fiel. La demostración más evidente de que no comprendemos es que seguimos pecando; no le tomamos el peso. Cuando pecamos, Satanás sigue engañandonos, como entonces a Pedro: «No puede ser que el Hijo de Dios haya tenido que morir».

Jesús agrega a Pedro: «¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!». Para aclarar cuáles son los pensamientos de Dios Jesús continúa: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará». «Los pensamientos de los hombres» consisten en procurarse bienestar en esta vida terrena –«salvar su vida»–, como hacen muchos. Pero éstos inexorablemente la perderán. «Los pensamientos de Dios» consisten en perder esta vida terrena por Cristo. Esta es la vocación del discípulo. Éstos encontrarán la vida; la encontrarán plena y eterna. Nada en esta tierra, ni siquiera la misma vida terrena, puede compararse con la vida eterna: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?»

† Felipe Bacarreza Rodríguez
​​Obispo de Santa María de Los Ángeles