Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Junio del 2014

Jn 3,16-18
Dios es amor

«Creemos firmemente y afirmamos sin ambages que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable». Esta es una profesión de fe del Concilio Ecuménico de Letrán IV, que el Catecismo de la Iglesia Católica hace suya (N. 202). Dios es inmutable, porque posee toda perfección en grado infinito. Él es el Bien infinito. Toda actuación de Dios consiste, entonces, en hacer participar a otros de ese Bien. Con razón, Juan concluye: «Dios es amor» (1Jn 4,8). En efecto, el amor consiste, precisamente, en procurar el bien del otro.

Por amor al ser humano creó Dios el universo de la nada, y lo sigue creando en todo momento, manteniendolo en la existencia; por amor al ser humano creó el universo tan grande, bello y lleno de potencialidad; por amor creó al ser humano a su imagen y semejanza, le concedió el don de la inmortalidad y, sobre todo, el don del trato familiar con Él mismo. Pero la acción divina en que ese amor alcanza su punto culminante, la revela Jesús en el Evangelio de este domingo en que celebramos el misterio de la Santísima Trinidad: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único». Este es el extremo del amor.

Jesús podía haber indicado otros signos del amor de Dios al mundo: hacer llover y salir el sol sobre justos y pecadores, la sucesión de las estaciones, la abundancia de los frutos de la tierra, etc. Pero va a la demostración máxima de amor, la demostración insuperable: «Dio a su Hijo único». El verbo usado –«dar»– está escogido cuidadosamente. San Pablo no se atreve a usar ese mismo verbo y dice: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). La expresión: «Dio a su Hijo» responde a la frase precedente: «Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo de hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3,15). La expresión: «Dio a su Hijo» incluye ciertamente «enviarlo», pero, enviarlo para ser levantado, es decir, para morir por la salvación del mundo: «Para que no perezca, sino que tenga vida eterna». La única condición es, precisamente, dejarse amar por Dios hasta ese extremo y aceptar la salvación, la vida eterna ofrecida por Él. Esto es lo que Jesús llama: «Creer en él», creer en el Hijo único de Dios hecho hombre.

Para expresar el amor de Dios al mundo en su grado máximo, fue necesario revelarnos que Dios tiene un Hijo único: «Dio a su Hijo único». El amor entre el Padre y el Hijo no tiene comparación, excepto la que indica Jesús: «Como el Padre me ha amado, así los he amado a ustedes» (Jn 15,9). Esta expresión nos supera infinitamente. No hay mente humana que pueda comprenderla en su real dimensión. Pero, entonces, ¿para qué la dijo Jesús? Él mismo expresa esa imposibilidad: «Mucho tengo todavía que decirles, pero ustedes no pueden tomarle el peso, ahora» (Jn 16,12). La dijo, sin embargo, porque hay una salida: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los guiará hasta la verdad completa... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y lo anunciará a ustedes» (Jn 16,13a.14). Hay esperanza de comprender en su verdadera dimensión la revelación del amor de Dios, gracias a la acción una tercera Persona: el Espíritu Santo. Ésta actúa en el corazón de los fieles «anunciandoles» todo lo revelado por Jesús. La cumbre de lo revelado es el amor de Dios.

Estas tres Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son una sola sustancia divina, son un solo Dios. Jesús que no ama las expresiones generales; él dice las cosas en forma muy concreta: «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16,15). Ningún ser creado puede hacer semejante afirmación. Esa afirmación no sería posible, si el Padre y Jesús, que es el Hijo, no fueran ambos el mismo y único Dios. Más aun, todo lo que tiene el Padre y el Hijo, lo tiene también el Espíritu Santo, como lo asegura Jesús: «Él recibirá de lo mío y lo anunciará a ustedes» (Jn 16,15).

Nosotros creemos, entonces, porque así lo ha revelado Jesús, en un Dios único que en sí mismo son tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una sola es la sustancia divina, tres son las Personas divinas que poseen cada una en plenitud esa única sustancia. Uno es Dios, tres son las Personas divinas. Este es el misterio central de nuestra fe cristiana. Hemos tratado de explicar que no es posible conocer el misterio de la Trinidad, sino a través del amor. Vuelve la afirmación de Juan: «El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,7b-8). Todo nuestro empeño en esta tierra debe ser conocer al Dios Uno y Trino.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles