Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Junio del 2014

Mt 28,16-20
Dios con nosotros

Al relatar el origen de Jesús, su concepción virginal en el seno de la Virgen María y su nacimiento, el evangelista Mateo afirma: «Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: "Vean que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros"» (Mt 1,22-23). A todos nos extraña que Mateo vea en los hechos que narra el cumplimiento de ese oráculo, porque, bien sabe que al niño que nació no le pusieron el nombre de Emmanuel, sino el nombre de Jesús, como ordenó el ángel en sueños a José: «Le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1,21). ¿Por qué, para explicarnos la identidad de ese niño, el evangelista insiste en citar ese oráculo que, más bien, parece no cumplirse?

Seguimos leyendo el Evangelio de Mateo esperando encontrar una respuesta; y no la encontramos sino en la última frase de ese escrito, que es también la última sentencia de Jesús, la que pronuncia solemnemente en el momento de su Ascensión al cielo: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». Falta, sin embargo, algo esencial: el que diga esas palabras tiene que ser Dios mismo. Emmanuel es una expresión hebrea creada exclusivamente para dar nombre al niño anunciado. Nadie en la Biblia ha osado asumir ese nombre. Está compuesto por dos palabas hebreas: «immanu» que significa «con nosotros» y el nombre divino «El»: «Con nosotros Dios». Nadie puede presumir darle cumplimiento en su persona, excepto Jesús. El evangelista nos diría: todo el Evangelio tiene como objetivo revelar que Jesús es verdadero Dios. Al concluir: «Yo estoy con ustedes», dado que ese «Yo» es Dios mismo, se cumple plenamente el oráculo: «Con nosotros Dios». El evangelista ha usado el procedimiento literario de la «inclusión» que consiste en declarar al principio y al final lo desarrollado en el cuerpo del escrito.

La identidad divina de Jesús queda especialmente clara en el episodio del Evangelio de Mateo que leemos en este Domingo de la Ascensión de Jesús al cielo. Se trata del único encuentro con Jesús resucitado que nos relata este Evangelio. Cada palabra de Jesús resucitado tiene como presupuesto su divinidad.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». Tiene la plenitud del poder en todo lugar. Es una declaración de su omnipotencia, cosa que no se puede aplicar sino a Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios,... el Omnipotente» (Apoc 1,8). Pero Jesús lo dice en forma pasiva: «Me ha sido dado». ¿Por quién? Por aquel a quien él mismo Jesús alaba: «Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25). De esta manera revela que Dios es uno; que el Padre y el Hijo son dos Personas distintas y que cada una de ellas son ese mismo Dios. A ellos se agrega, en el mismo nivel divino, una tercera Persona: el Espíritu Santo, que es el mismo único Dios. Por eso Jesús manda bautizar en un solo Nombre, pero en tres Personas: «En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

«Enseñandoles a guardar todo lo que Yo les he mandado». ¿Cómo? ¿No son los mandamientos de la ley de Dios los que todo judío –y en adelante, todas las naciones– tienen que guardar? Al decir: «Lo que yo les he mandado», Jesús se refiere a esos mandamientos acerca de los cuales él ha repetido: «A ustedes se les ha dicho... pero Yo les digo...» (Cf. Mt 5,21-48). Él se presenta como quien da la forma última y definitiva a la ley de Dios. En adelante hay que guardar sus mandamientos, como lo que son verdaderamente: mandamientos de Dios.

Por último, la misión que Jesús encomienda a sus discípulos es universal: todo hombre y toda mujer de todos los tiempos están llamados a ser discípulos suyos. Él no admite junto a él ningún otro. A él corresponde el primer mandamiento: «El Señor, tu Dios, es el único Señor» (Mc 12,29; Deut 6,4).

Al concluir la lectura del Evangelio de Mateo comprendemos que tiene razón el evangelista al afirmar que Jesús da cumplimiento a la profecía: «Le pondrán por nombre Immanu El: Dios con nosotros». Lo es y lo será hasta el fin del mundo. Todo nuestro gozo en este mundo consiste en que se cumpla también: «Nosotros con él».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles