Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de Mayo del 2014

Jn 14,15-21
Me manifestaré a él

En este Domingo VI de Pascua seguimos la lectura de las palabras de despedida que pronuncia Jesús en la última cena con sus discípulos. Jesús les ha dicho: «Ya poco tiempo estaré con ustedes» (Jn 13,33) y les ha aclarado que donde él va ellos no lo pueden seguir. Este anuncio dejó el corazón de los discípulos sumido en la turbación. El dolor que ellos sienten por esta separación se entiende como un signo de su amor a Jesús. Entonces Jesús formula un criterio que permite discernir el amor verdadero hacia él, el amor que él aprecia: «Si me aman, guardarán mis mandamientos». No es signo de amor permanente a Jesús el dolor por su separación, porque ese dolor cesa con el tiempo. Signo de amor permanente hacia él es atesorar sus mandamientos y hacerlos vida en nosotros, como repite Jesús: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama».

Jesús había estado con sus discípulos como un «paráclito» dado por el Padre, es decir, como uno que está junto a ellos para defenderlos, protegerlos y consolarlos, y esto lo hizo hasta el final, como observamos en el huerto de los olivos, cuando vienen con espadas y palos a detenerlo: «Si me buscan a mí, dejen ir a éstos» (Jn 18,8). Ahora Jesús les promete: «Yo pediré al Padre y él les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre». Como todo hombre, Jesús no puede permanecer para siempre en la escena de este mundo en la forma de esclavo que asumió. El «otro Paráclito» también será un don del Padre; pero él estará con los discípulos para siempre. ¿Quién es ese otro Paráclito? Jesús explica que es espíritu: «El Espíritu de la verdad». Su presencia es interior, espiritual. El que ha recibido este Espíritu conoce la verdad revelada por Jesús; el que no lo ha recibido está inevitablemente fuera de la verdad, está en el error.

Jesús explica quién es el que no recibe el Espíritu de la verdad y, por tanto, está en el error: «El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». En realidad, nadie lo ve, porque siendo Espíritu no cae bajo el sentido de la vista; la tragedia del mundo es que tampoco lo conoce. Aquí está la inmensa diferencia entre los discípulos y el mundo: «Ustedes –dice Jesús a sus discípulos– lo conocen, porque permanece junto a ustedes y estará en ustedes». Respecto a la relación de los discípulos con el Espíritu, Jesús hace una diferencia entre ese momento presente y el futuro: en el presente «permanece junto a ustedes»; en cambio, en el futuro «estará en ustedes». La presencia que les permite conocerlo es la presencia del Espíritu que está en Jesús y, por eso, «junto a ellos». Lo conocen por las obras y palabras de Jesús, quien precisamente declara: «Las palabras que les he dicho son Espíritu y son vida» (Jn 6,63). En el futuro, según la promesa de Jesús, el Espíritu estará «en ellos» mismos; y entonces se cumplirá: «Harán las obras que yo hago y las hará aun mayores» (cf. Jn 14,12).

El Espíritu Santo, aunque es llamado por Jesús «otro Paráclito», no es un reemplazante de Jesús. El Espíritu concede a los discípulos gozar de una presencia de Jesús mucho más viva que la que tuvieron durante su vida terrena. En efecto, durante su vida terrena, todo el amor que le tenían no fue suficiente para que dieran la vida por él, y lo negaron y lo abandonaron en las manos de sus verdugos; en cambio, cuando ya el Espíritu estaba en ellos, todos ellos dieron su vida por Jesús. Se cumplió lo que Jesús les prometió: «Me seguirán más tarde» (cf. Jn 13,36).

«No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes». Durante su vida terrena el mundo podía ver a Jesús, como es claro, pues era hombre de carne y huesos. Pero para el futuro, es decir, para nuestro tiempo, Jesús establece otra diferencia entre el mundo y sus discípulos: «Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán». ¿En qué forma los discípulos «verán» a Jesús? Él agrega: «El que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él». La forma de esta manifestación de Jesús es misteriosa; la conocen y es evidente para quienes cumplen la condición: «El que me ama». Ya sabemos que el amor a Jesús consiste en cumplir sus mandamientos que él mismo resume para nosotros en uno solo: «Este es el mandamiento mío: que se amen unos a otros como yo los he amado» (Jn 15,12). El que cumple esta condición, tiene una visión de Jesús que es mucho evidente que la que puede ofrecer el sentido de la vista. Repetimos: lo saben los que cumplen la condición. Cumplir esa condición y ver a Jesús debe ser todo nuestro empeño en esta tierra.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles