Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Enero del 2011

Mt 3,13-17
Conviene que cumplamos toda justicia

El Evangelio de Mateo nos informa que después de la muerte de Herodes, cuando el Niño Jesús no podía tener más que uno a dos años de edad, sus padres regresaron de Egipto, donde se habían refugiado, y se establecieron en Nazaret: «Avisado en sueños, (José) se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: “Será llamado Nazareno”» (Mt 2,22-23). Pasaron muchos años en los cuales él conducía vida oculta en ese pueblo de Galilea. La frase siguiente del Evangelio nos sitúa treinta años más tarde: «Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviertanse, porque ha llegado el Reino de los Cielos”» (Mt 3,1-2). La escena del Bautismo de Jesús, que celebramos este domingo ocurre en estos días, cuando Jesús es ya adulto y va a comenzar su ministerio público.

El Evangelio nos dice que Juan es quien da cumplimiento a la profecía de Isaías que dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas» (Mt 3,3). Juan fue enviado a preparar el camino del Señor cuando su venida era ya inminente: «Ha llegado el Reino de los Cielos». Él describe al que tiene que venir en esta forma: «Yo los bautizo con agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El los bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Esta es la situación cuando tiene lugar el episodio que nos relata el Evangelio de hoy: «Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él». A cualquier lector tendría que resultarle claro que Jesús no es el personaje que Juan anuncia, porque Juan anuncia la venida de un personaje que bautiza con el Espíritu Santo y Jesús viene a hacerse bautizar por Juan, es decir, sólo con agua: «Yo los bautizo con agua». Pero Juan es el más grande de los profetas, precisamente porque reconoce que Jesús es aquel a quien él prepara el camino, es quien bautiza con Espíritu Santo, es ese Reino de los Cielos que ha llegado. Por eso Juan reacciona queriendo impedirle que entre al agua a recibir su bautismo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?».

La razón que Jesús le da para este modo de actuar queda por el momento sin explicación: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia». ¿A qué se refiere? Una cosa es clara: Jesús cumplió a la perfección la misión para la cual vino a la tierra. A esto se refiere con la expresión: «Cumplir toda justicia». Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que vino a la tierra a salvarnos del pecado, como dijo al Ángel del Señor a José: «Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Para cumplir su misión, él «se despojó de su condición divina tomando condición de esclavo haciéndose semejante a los hombres» (Fil 2,7). Y no sólo asumió la naturaleza humana como la tenía Adán antes del pecado, sino como la tuvo Adán y todos sus descendientes después del pecado, es decir, sometida a las consecuencias del pecado, de las cuales la más grande y evidente es la muerte. A ésta se sometió también Jesús, para salvarnos del pecado y de todas sus consecuencias. Esto es lo que Jesús quiere cumplir entrando en el bautismo de Juan, mezclado con los pecadores. Desde esa situación a la cual él descendió los tiene que elevar a la condición que él tiene como propia, es decir, la condición de hijos de Dios. Este es el efecto del Bautismo que él administra.

El Padre aprueba la fidelidad de Jesús con un signo visible y audible: «Bautizado Jesús... se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”». El mismo que entró al agua en el bautismo de Juan y se contó entre los pecadores es el Hijo de Dios; el mismo que murió en la cruz por nosotros para «cumplir toda justicia» es el Hijo de Dios. Por eso todos debemos admirarnos de cuánto nos amó exclamando: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gal 2,20).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles