Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Julio del 2014

Mt 13,1-23
La Palabra de Dios es viva y eficaz

Jesús se sentó en una barca y desde esa cátedra, dirigiendose a la multitud que estaba en la orilla del mar, «les habló muchas cosas en parábolas». Así comienza el «discurso en parábolas» en el cual Mateo agrupa ocho parábolas. La primera y más conocida de ellas es la parábola del sembrador, que leemos en este Domingo XV del tiempo ordinario. Se capta la importancia de esta parábola en la enseñanza de Jesús por el hecho de ser la única que aparece en los tres Evangelios sinópticos, Marcos, Mateo y Lucas.

«Salió el sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas cayeron junto al camino y viniendo las aves las devoraron; otras cayeron en pedregal...; otras cayeron entre espinas...; otras cayeron en tierra buena y dieron fruto...». Jesús describe los diversos tipos de terreno que encuentra el sembrador en la Palestina de su tiempo. Si estuvieramos escuchando esta descripción por primera vez, nos parecería muy real y concreta, pero, aunque el evangelista nos ha informado que se trata de una parábola, no sabríamos a qué viene. Jesús ni siquiera ha mencionado la palabra «semilla». La damos por entendida y concordamos en que tiene cuatro posibles destinos, según el tipo de terreno que encuentra, tres infructuosos y uno con abundante fruto. Podemos decir, al menos, que la semilla tiene siempre la misma fuerza vital –no se distingue una de otra– y que su distinta suerte depende exclusivamente del distinto terreno en que es recibida. Pero seguimos sin entender, qué nos quiere decir Jesús con eso.

La intención de Jesús es precisamente esa: suscitar en los oyentes un interrogante y dejar en evidencia que no todos entienden. Esto significa la enigmática frase con que concluye: «El que tenga oídos, que oiga». Allí mismo, entre sus oyentes, se está dando la distinción que Jesús describe: «A ustedes es dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos, no es dado». Comprendemos que Jesús se está refiriendo a la distinta acogida que había encontrado su palabra. Y es lo que explica a continuación a sus discípulos.

«Ustedes, pues, escuchen la parábola del sembrador». Explica en qué sentido esa descripción de la siembra es una parábola, es decir, en qué se compara con los misterios del Reino de los cielos y concede conocerlos: «Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra... El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra... Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta». Todos oyen la misma Palabra del Reino, pero con muy distinta acogida y muy distinto resultado.

En el primer caso queda inmediatamente rechazada, como ocurrió a San Pablo, cuando los filósofos en el areópago se burlaron de él diciendole: «Sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hech 17,32). En el segundo caso la Palabra es acogida, pero sólo superficialmente, de manera que ante cualquier dificultad, la persona desiste. En el tercer caso la Palabra es ahogada por las preocupaciones de la vida y por la seducción de las riquezas y queda sin fruto, como ocurrió al joven rico, que había escuchado a Jesús y se había entusiasmado con su palabra, hasta el punto que Jesús le dijo personalmente: «Ven y sigueme» (Mt 19,21)), pero las riquezas le impidieron acoger esa llamada. A la seducción de las riquezas se agrega hoy una nueva seducción que también ahoga la palabra: la seducción del aplauso popular, que no era tan fuerte en el tiempo de Jesús, porque no existían los medios de comunicación ni las redes sociales de hoy. Hemos visto incluso sacerdotes, que por conseguir el aplauso popular han traicionado la palabra de Dios. San Pablo rechaza enérgicamente esta seducción: «Si buscara agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). En el último caso, cuando ya parecía que no valía la pena sembrar, la Palabra encuentra un terreno bueno: «Este es el que escucha la Palabra y la comprende», es decir, que la hace suya y conduce su vida de acuerdo con ella. Este caso es el que justifica todo esfuerzo de evangelización: «Éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

La intención de Jesús al proponer esta parábola es motivar a cada uno a preguntarse, qué terreno ofrece a la Palabra de Dios. Es importante también la comparación de la Palabra de Dios con una semilla. Así como la semilla tiene en sí misma fuerza vital para dar fruto, así también la Palabra de Dios, el Evangelio, según afirma San Pablo, es «fuerza de Dios para salvación de todo el que cree» (Rom 1,16); más aun, «es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos» (Heb 4,12). Toda nuestra preocupación debe ser darle en nosotros una acogida que le permita dar su fruto.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles