Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Julio del 2014

Mt 11,25-30
Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón

Después de los tiempos de Cuaresma y Pascua y de las grandes solemnidades de la Ascensión, Pentecostés, Santísima Trinidad, Cuerpo y Sangre de Cristo y Santos Pedro y Pablo, retomamos hoy el tiempo litúrgico ordinario. En este Domingo XIV, se nos presenta un hermoso Evangelio, en el cual Jesús manifiesta, por un lado, su íntima relación con su Padre y, por otro, su relación con nosotros.

«En aquel tiempo (kairós), tomando Jesús la palabra, dijo...». Esta introducción no es una contextualización agregada por el Leccionario (de hecho nuestro Leccionario la omite). Esta introducción es del evangelista. Con ella quiere llamar la atención sobre las palabras que Jesús pronuncia en ese momento, tanto más que, terminando de hablar Jesús, repite la misma fórmula: «En aquel tiempo, caminaba Jesús en sábado por los sembrados...» (Mt 12,1). Lo que Jesús dice queda, entonces, incluido y, por tanto, más destacado.

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Jesús no sólo alaba a su Padre, sino también aclara quién es su Padre: su Padre es el «Señor del cielo y de la tierra», título que no corresponde sino a Dios. Responde así a la pregunta que le hacían los judíos: «¿Dónde está tu Padre?». En esa ocasión Jesús responde que su Padre es aquel «de quien ustedes dicen: “Él es nuestro Dios”» (Jn 8,19.54).

¿Cuál es el motivo de la alabanza? Jesús no alaba a su Padre porque oculte «estas cosas» a los sabios e inteligentes. Basta con no revelarselas, pues se trata de cosas que no son alcanzables por la inteligencia humana. Jesús alaba a su Padre por una opción que Él hace: porque revela «estas cosas» a los pequeños. Este es el motivo de su alabanza, que reafirma manifestando su aplauso: «Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito».

Y ¿qué es lo que el Padre revela a los pequeños? Revela aquello que sólo Él conoce: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre». En la solemnidad de San Pedro y San Pablo veíamos que el Padre revelaba a su Hijo a esos dos pequeños. Cuando Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, éste le dice: «Esto te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17). Por su parte, Pablo declara que aquel que lo llamó desde el seno materno «tuvo a bien revelarle a su Hijo para que lo anunciara a los paganos» (Gal 1,15.16).

Jesús declara su igualdad con el Padre diciendo: «Todo me ha sido entregado por mi Padre». No se excluye nada, excepto la paternidad, es decir, que el Hijo no es el Padre. Pero también a Jesús corresponde el título divino: «Señor del cielo y de la tierra», como lo afirma después de su resurrección: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Él es Dios como el Padre; más aun, es el mismo y único Dios que el Padre: «Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10,30).

Jesús expresa su igualdad con el Padre también de otra manera: «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo». El conocimiento total Padre-Hijo es recíproco. Y quedaría desconocido de toda otra criatura, si no fuera revelado. La misión del Hijo en el mundo fue precisamente revelar al Padre: «Conoce al Padre aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». También esta revelación se concede solamente a los pequeños, porque Jesús actúa en todo igual que su Padre: «Todo lo que el Padre hace, lo hace igualmente el Hijo» (Jn 5,19).

De estas palabras de Jesús resulta claro que el Padre y el Hijo son dos Personas distintas, pero un solo Dios. Para que podamos decir que es un texto trinitario, es necesario descubrir al Espíritu Santo. Es precisamente lo que hace Lucas, cuando reporta estas mismas expresiones de Jesús. Jesús no habría podido hablar así, sino movido por el Espíritu Santo: «En aquella hora, exultó Jesús en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre...”» (Lc 10,21).

Decíamos que en este Evangelio Jesús declara también su relación con nosotros. Él es quien nos concede «entrar en el descanso de Dios» (cf. Sal 95,11): «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo les daré descanso». Está hablando de aquel descanso: «Encontrarán descanso para sus almas». Se trata del descanso que encontraban Adán y Eva en el paraíso, el descanso que se encuentra en el trato de intimidad con Dios. Lo puede dar sólo Jesús, porque sólo él revela al Padre. Ese descanso tiene una condición: «Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón».

Aquí Jesús se presenta como un Maestro. El método de este Maestro es su propia vida: «Aprendan de mí». Y el contenido de su educación es la mansedumbre y humildad de su Corazón. En este tiempo se ha hablado mucho en nuestro país de la reforma educacional. Pero nadie ha escuchado sobre este punto al Maestro divino, que «sabe bien lo que hay en el hombre» (Jn 2,25); tampoco se ha hablado sobre los contenidos de la educación que se debe ofrecer. Jesús nos dice cuál debe ser ese contenido: mansedumbre y humildad. La mansedumbre significa tratar a toda persona con bondad, excluir toda violencia como medio para obtener algo, excluir la intolerancia y toda imposición sobre otro; la humildad consiste a tener a los demás como superiores a sí mismo, y tenerse a sí mismo como criatura de Dios. ¡Qué lejos estamos de esta educación!

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles