Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Abril del 2014

Jn 11,1-45
Yo no muero; yo entro en la Vida

Nadie puede presumir de poder crear a un ser humano. Todo ser humano que viene a la existencia es creado directamente por Dios. Sigue siendo verdad hoy y lo será siempre que «Dios creó al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó» (Gen 1,27). Con insistencia, repite el texto bíblico el verbo «crear», que siempre tiene a Dios como sujeto y al ser humano –hombre y mujer– como objeto. El texto bíblico insiste en una circunstancia, que nadie habría osado afirmar si no lo dijera ese texto: «a imagen de Dios» lo creó. Y es que en su situación histórica concreta afecta al ser humano lo más opuesto a la «imagen de Dios» que se pueda pensar: la muerte.

La muerte del ser humano no estaba en el acto creador de Dios. La muerte obedece a otra voluntad, que es contraria a la voluntad del Dios vivo: «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado entró la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12). La muerte alcanza a todos los seres humanos. Pero permanece en ellos una fuerte añoranza de inmortalidad. Lo constata el Concilio Vaticano II: «Su máximo tormento (del ser humano) es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano» (G.S. 18).

El Evangelio de este Domingo V de Cuaresma nos revela que esa «semilla de eternidad» que puso Dios en el ser humano germina en Cristo y que sólo en él encuentra el ser humano remedio para esa ansiedad ante la desaparición perpetua y satisfacción para ese deseo del más allá que surge en su corazón. Este revelación es el objetivo del Evangelio de Juan: «Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos... Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre (en él)» (Jn 20,30-31).

El último de esos signos y la más grande es la resurrección de Lázaro. Jesús llegó ante el sepulcro del amigo cuando había cumplido ya cuatro días muerto. Jesús había demostrado tener poder sobre la enfermedad, como lo declaran las dos hermanas del muerto: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». O como lo afirman en forma de pregunta los amigos del muerto: «Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste (Lázaro) no muriera?». La convicción es que podía hacer que no muriera; pero que ahora, ya muerto, no puede hacer nada más.

El punto culminante de todo el largo relato es la reacción de Jesús ante esa convicción: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre». Esta es la fe que Jesús quiere despertar en Marta y en todos nosotros: «¿Crees esto?». Sobre la base de otros signos obrados por Jesús, Marta responde: «Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». ¡Admirable confesión de fe! Pero no responde a la pregunta de Jesús. Para que ella pudiera confesar que en Cristo tenemos la vida eterna, faltaba que Jesús hiciera este último signo, en realidad, el penúltimo. Jesús se dirige a un muerto de cuatro días y desde la puerta del sepulcro donde yace le ordena: «¡Lázaro, sal fuera!». En un instante de suspenso todos habrán pensado que estaba fuera de sí. Pero ese pensamiento cambió, cuando vieron lo que ocurrió: «Salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario». Es el signo claro de que Jesús vence a la muerte: «Muchos de los judíos... viendo lo que había hecho, creyeron en él». ¿Qué creyeron? Que, venciendo a la muerte, él devuelve al ser humano la inmortalidad y hace resplandecer en él la imagen de Dios.

Es un don del amor de Jesús. En efecto, el último signo, el definitivo, es la resurrección del mismo Cristo. Pero, para darnos este signo, que es ya la realidad significada, Jesús tuvo que morir en la cruz. Murió por amor a nosotros, para que nosotros tengamos vida eterna. Al cristiano la muerte ya no lo angustia. El cristiano enfrenta la muerte corporal como Santa Teresa del Niño Jesús, que en su enfermedad terminal consolaba a sus hermanas diciendo: «Yo no muero, yo entro en la Vida».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles