Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de Enero del 2011

Jn 1,29-34
También ustedes darán testimonio

El Evangelio de Juan, en su conjunto, es un testimonio a favor de Jesús. En este Evangelio los términos «testimonio, testigo, testificar» se encuentran más de 47 veces, en tanto que en los demás Evangelios esos términos no superan las 6 veces en cada uno. Esa terminología pertenece al ámbito de los tribunales y de los juicios.

¿Es que Jesús está sometido a un juicio y por eso necesita testigos? Precisamente. El Evangelio de Juan se presenta como un gran juicio entre Jesús y el mundo y el lector es invitado a tomar partido a favor de uno u otro. Nadie puede quedar neutro. La indiferencia es ya una sentencia contra Jesús, según su sentencia: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30). En el Evangelio de Juan la palabra «mundo» tiene diversas acepciones. Aquí se entiende por «mundo» ese ambiente de los seres humanos que está cerrado a la acción de Dios y que rechaza a su enviado Jesús. El pecado del mundo es la incredulidad.

¿Dónde se desarrolla ese juicio? Ese juicio tuvo su versión histórica, cuando el mundo condenó a Jesús y lo sometió a muerte en la cruz. Pero hoy se desarrolla en el corazón de cada persona. Y el testigo principal a favor de Jesús es el Espíritu Santo. Así lo aseguró él mismo: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí» (Jn 15,26). El Espíritu declara en nuestro corazón que Jesús es la verdad y que creyendo él tenemos vida eterna. Pero el mundo es refractario al Espíritu: «El Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce» (Jn 14,17). Esa oposición histórica entre Jesús y el mundo sigue activa hoy en sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no son del mundo, porque yo al elegirlos los saqué del mundo, por eso el mundo los odia» (Jn 15,18-19).

Todo testigo debe dar testimonio de algo que ha visto. El Evangelio de Juan insiste en que los testigos han visto y por eso dan testimonio; pero su testimonio supera infinitamente lo que han visto. Entre lo visto y lo atestiguado se introduce la fe. Es lo que ocurre con la persona de Jesús: no se puede ver más que un hombre, pero se debe confesar a Dios: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9).

El primer testigo en el Evangelio de Juan es Juan el Bautista. Si hubiera que definirlo con una sola palabra, habría que llamarlo «testigo». Así es presentado: «Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio» (Jn 1,6-7). Y el Evangelio de hoy culmina con estas palabras de Juan acerca de Jesús: «Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».

¿Qué es lo que vio Juan? Oigamoslo a él: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él». Vio una paloma, un objeto visible, que descendía sobre Jesús. ¿De qué da testimonio? Indica a Jesús y declara: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo... éste es el que bautiza con Espíritu Santo... éste es el Elegido de Dios». Gracias a este testimonio los discípulos de Juan, en adelante, siguieron a Jesús. Los primeros discípulos de Jesús habían sido discípulos de Juan.

¿Cómo se aplica todo esto hoy? Hoy como ayer el acto de fe tiene la misma estructura. Se basa en hechos reales históricos; pero va mucho más allá que ellos, porque sobre esa base de algo histórico que se ve, actúa en el corazón el Espíritu Santo suscitando la fe y la adhesión a Jesús. Jesús había prometido: «El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también ustedes darán testimonio» (Jn 15,26.27). Es necesario el testimonio nuestro, es necesario proyectar algo que se vea. Y esto es una vida conforme a la enseñanza de Jesús. La esencia está en su único mandato: «Como yo los he amado, así amense también ustedes los unos a los otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: en que se aman los unos a los otros» (Jn 13,34-35).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles