Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de Mayo del 2014

Jn 14,1-12
Crean en mí

El Evangelio de este Domingo V de Pascua comienza con una frase de Jesús que es susceptible de una doble interpretación. En efecto, en la lengua original del IV Evangelio –el griego– la forma verbal de la segunda persona plural es idéntica en el modo indicativo y en el modo imperativo: «Creen-crean en Dios, también en mí creen-crean». Supondremos que los apóstoles, siendo todos ellos del pueblo de Israel, ya creen en el Dios único. Jesús, entonces, estaría exhortandolos a tener respecto de su Persona, la misma fe que tienen respecto de Dios: «Creen en Dios; también en mí crean». Jesús afirma que su Persona es objeto de fe, como es objeto de fe Dios mismo. Esta es la clave de lectura de todo el Evangelio. Esta es la clave de lectura, en particular, del pasaje que leemos este domingo que, precisamente, queda incluido en el tema de la fe en Jesús: «En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí también él hará las obras que yo hago, y hará mayores que éstas, porque yo voy al Padre».

En el Evangelio de este domingo encontramos la mejor explicación de una frase que en el Prólogo del IV Evangelio había quedado oscura. El Prólogo comienza afirmando la divinidad de la Palabra: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). En su punto culminante afirma: «La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros» (Jn 1,14). Si se hizo carne –hombre en su aspecto material– es objeto de la vista y el tacto, como lo dice el mismo Juan: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... lo anunciamos a ustedes» (1Jn 1,1.2). Al final del Prólogo el evangelista repite algo que ya era claro en el Antiguo Testamento, a saber, que Dios no cae bajo el sentido de la vista: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Pero luego, de manera adversativa, agrega el objetivo de la encarnación: «El Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Ibid.). Este es el verbo oscuro: «Lo ha contado». En realidad, no resuelve la imposibilidad, porque «lo ha contado» pertenece al sentido del oído y no de la vista. Ya los profetas y sabios de Israel habían hablado sobre Dios, entre otras cosas, diciendo: «Mi rostro no podrás verlo –dice Dios a Moisés–; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,20). Se esperaba, entonces, que el evangelista dijera: «El Hijo unigénito de Dios... él lo ha hecho visible».

El anhelo que tuvo Moisés: «Hazme ver tu gloria» (Ex 33,18), que fue imposible de satisfacer, es el que tenemos todos. El apóstol Felipe se atreve a pedir eso mismo a Jesús, pues piensa que él puede concederselo: «Señor, muestranos al Padre y nos basta». Podemos imaginar que todos los presentes habrán comenzado a reprender a Felipe por pedir algo que todos sabían que era imposible, algo que no se concedió ni siquiera a Moisés. Sólo Jesús permanece inalterado; es más, él considera que Felipe se quedó corto en su petición: «¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?». Jesús afirma, sin ninguna limitación, lo que el evangelista temió decir en el Prólogo: Él –Jesús– hace visible a Dios.

Jesús aparecía en todo como un hombre; era y es un hombre. Pero es el Hijo de Dios, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Quiere decir: «Somos uno y el mismo Dios». Esta es nuestra fe; esta es la fe que permite ver a Dios en Jesús. Ahora entendemos por qué Jesús exhorta: «Crean también en mí». Esta es la fe que examina en el apóstol: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?». El que cree esto, cree en todo lo que Jesús hizo y enseñó; cree que él está ahora vivo y presente en su Iglesia y se hace visible en el culto y en la caridad de la Iglesia.

El que cree que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre comprende que Jesús es el único que reúne ambos términos: Dios y el hombre. Por él ha venido Dios a nosotros; por él debemos ir nosotros a Dios. Así podemos entender la esencial afirmación de Jesús: «Yo soy el camino y la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí». El Padre es Dios, es la plenitud del bien y la belleza; es la plenitud de todo lo que puede anhelar el corazón humano. Lo dice Felipe: «Él nos basta». Por eso, es doloroso ver que tantos hombres y mujeres vagan fuera del único camino que los puede llevar a ese Fin. A ellos les repite Jesús: «Crean en mí».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles