Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de Mayo del 2014

Lc 24,13-35
Los ojos de ellos se abrieron y lo reconocieron

En las apariciones de Jesús resucitado él suele identificarse como el mismo que estuvo muerto y crucificado mostrando las señales de su pasión. Según Lucas, «les mostró las manos y los pies» (Lc 24,40); según Juan, «les mostró las manos y el costado» (Jn 20,20). Lo que es claro es que para la identificación de Jesús resucitado no bastan los rasgos faciales. En su aparición a los discípulos de Emaús, que leemos este Domingo III de Pascua, el reconocimiento de Jesús resucitado fue el resultado de un proceso.

«Aquel mismo día (se refiere al día de la resurrección de Jesús) dos de ellos iban a un pueblo llamado Emaús... y conversaban entre sí sobre todas estas cosas que habían ocurrido». Esos dos discípulos deben haber sido del círculo más cercano a Jesús (el Evangelio nos transmite el nombre de uno de ellos, Cleofás), porque se muestran bien informados de todo lo ocurrido ese mismo día. Saben de la visita de las mujeres al sepulcro y del testimonio que ellas dan a los Once y a todos los demás. Pero estos dos discípulos comparten la reacción de todos: «Estas palabras les parecían como desatinos y no les creían» (Lc 24,11). Saben que Pedro corrió al sepulcro a verificar y lo halló vacío, como decían las mujeres, y que «volvió a su casa asombrado por lo ocurrido» (Lc 24,12). También ellos están asombrados y discuten sobre todas esas cosas. Pero creen que, muerto Jesús, todo terminó. A aquella pregunta de Juan Bautista: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Lc 7,19), ellos responden ahora: Hay que esperar a otro. Habiendo muerto, Jesús puede definirse solamente como un profeta poderoso en palabras y obras, semejante a los demás profetas, que también murieron. Ellos esperaban que Jesús liberara a Israel, pero esto ya no lo esperan. Por eso se alejan de Jerusalén, cierran el paréntesis de Jesús y vuelven a sus asuntos.

Jesús se une a ellos en el camino y aparentando no saber nada se informa sobre su estado de ánimo. Entonces les dirige un reproche que debió ser afectuoso en el modo, pero que es severo en el contenido: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara en su gloria?». Ellos son tardos de corazón para entender, porque no gozan del Espíritu Santo. Según un antiguo adagio de los Padres de la Iglesia, que el Concilio Vaticano II asume, la Escritura debe ser leída con el mismo Espíritu con que fue escrita (cf. Dei Verbum, 12). Jesús, junto con explicarles las Escrituras, les comunica el Espíritu. Por eso, ellos no sólo comprenden, sino además –afirman– «ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras». Entendieron que era necesario que el Cristo padeciera todo eso. Pero ¿qué se gana con eso, si muere y permanece en la muerte? Todavía falta que entre en su gloria.

Para que comprendieran que Cristo había entrado realmente en su gloria fue necesario dar otro paso: fue necesario que adquirieran la certeza de que él estaba vivo. Y esto ocurrió cuando Jesús, quedandose con ellos y puesto a la mesa, «tomando el pan, lo bendijo y, habiendolo partido, lo daba a ellos». Entonces «los ojos de ellos se abrieron y lo reconocieron». El gesto no parece el más apropiado para darse a conocer, pues era costumbre entre los judíos que el más honorable entre los comensales presidiera la cena e hiciera el gesto de partir el pan y distribuirlo. Ellos conceden ese honor a Jesús, porque durante el camino se ha revelado como un maestro superior a ellos. En realidad, lo reconocieron, cuando comieron de ese pan y entonces tuvieron una experiencia de comunión con Cristo resucitado y vivo. Se produjo en ellos lo que describe San Pablo: «Ya no vivo yo; vive en mí Cristo» (Gal 2,20). Ya no era necesaria la visión corporal de Cristo, porque la unión con él, resucitado y vivo, era mucho más cierta. Por eso, «él desapareció de su lado».

Desapareció de su lado, pero ellos no quedan desolados ni tristes. Quedan llenos de gozo porque la presencia de Cristo en ellos es mucho más viva y cierta que la que puedan verificar los sentidos corporales. Es la misma vivencia que tenemos hoy los cristianos en la Eucaristía. En los primeros siglos este Sacramentos recibió el nombre de ese gesto de Jesús: fracción del pan. El efecto de comer ese pan partido lo reveló Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Inmediatamente los discípulos se transformaron en evangelizadores. No pueden retener lo vivido sólo para ellos: «Levantandose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos... Ellos contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan».

En la Eucaristía se recibe la luz para comprender el misterio de Cristo y vivir en conformidad con él. En la Eucaristía se recibe el impulso evangelizador. Ciertamente más duele a Cristo hoy la frialdad e indiferencia de los cristianos respecto de la Eucaristía que lo sufrido en su pasión. Allí él disculpaba a los soldados orando: «Padre, perdonalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). No sabían ellos quién era Jesús. Los cristianos, en cambio, sabemos quién es Jesús y todo lo que hizo por adquirirnos la vida eterna. Por eso la indiferencia hacia Jesús en la Eucaristía le es más dolorosa.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles