Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Abril del 2014

Mt 26,14 27,66
La prueba de que Dios nos ama

La Semana Santa, que es el centro del año litúrgico, se abre con el Domingo de Ramos y con la celebración del ingreso de Jesús a Jerusalén, montado en un asno y aclamado por la multitud. Jesús entra en Jerusalén para enfrentar su pasión y muerte. Por eso, en este Domingo de Ramos se lee el relato de la pasión. Toda Eucaristía, que es una actualización de la muerte y resurrección de Cristo, introduce la parte central con las mismas palabras con que la multitud aclamaba a Jesús en su ingreso a Jerusalén: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21,9).

Jesús sabe que en Jerusalén le espera la muerte. Sabe, además, que le espera la muerte más ignominiosa y cruel que se puede imaginar: muerte de cruz. Lo insinúa cuando indica las condiciones que debe cumplir quien quiera ser su discípulo: «Tome su cruz y sigame» (Mt 16,24). Es como decir: «Recorra el mismo camino que voy a recorrer yo, hasta la misma meta». Si sabe que lo espera en Jerusalén una muerte tan dolorosa, ¿por qué va allá? ¿Qué lo mueve? Para responder a esta pregunta debemos examinar de cerca su extrema lucha –esto quiere decir la palabra «agonía»– la que tuvo en el huerto de los olivos antes de encaminarse decididamente a su pasión.

En el huerto de los olivos vemos que su naturaleza humana es presa de la angustia extrema provocada por la prospectiva del sufrimiento y la muerte, como confía a sus discípulos: «Mi alma está triste hasta la muerte». Su voluntad humana se resiste a abrazar ese destino y pide al Padre que lo aleje de sí: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa...». Pero pone su voluntad humana totalmente en línea con la voluntad de su Padre: «Padre mío, si ésta no puede pasar, sin que yo la beba, hagase tu voluntad». Él tiene autoridad para enseñarnos a nosotros a orar: «Padre nuestro... hagase tu voluntad» (Mt 6,9.10), porque él oró así y luego fue coherente, cumpliendo la voluntad de su Padre de beber el cáliz de su pasión y muerte hasta el fin.

Terminado ese momento de lucha, Jesús va adelante y se encamina sin vacilación a su muerte en la cruz. En efecto, cuando uno de sus discípulos, sacando la espada, quiere impedir que sea arrestado, Jesús le dice: «Vuelve tu espada a su sitio... ¿Cómo se cumplirían las Escrituras de que debe suceder así?». Las Escrituras expresan la voluntad de Dios.

La voluntad de Jesús es la voluntad de su Padre, y él se encamina a la muerte para cumplir esa voluntad. Nos preguntamos, sin embargo: ¿Es voluntad de Dios que su Hijo hecho hombre muera en la cruz? ¿Por qué? Estamos tocando el misterio más profundo. Es el misterio de la iniquidad, de la infinita maldad del pecado del ser humano. Dios quiere que su Hijo muera, porque no hay otro modo de revertir la maldad del pecado. Él quiere salvarnos del pecado, aunque para lograrlo tenga que entregar a su Hijo a la muerte. Es lo que cantaremos en el Pregón Pascual: «Para redimir al esclavo, entregaste al Hijo». Esto no lo hace ningún padre; esto lo hace sólo Dios. Él sabe que para esto cuenta con la plena adhesión de su Hijo. Ambos desean salvarnos a nosotros.

La adhesión de Cristo a la voluntad de salvación de su Padre queda en evidencia cuando todos le decían: «Si eres Hijo de Dios, salvate a ti mismo y baja de la cruz... A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse... que baje ahora de la cruz, y creeremos en él». Jesús podía haber bajado de la cruz y haber demostrado, de esa manera, que era el Hijo de Dios. Pero ¿qué habría ganado con eso? Si, en una hipótesis imposible, lo hubiera hecho, nosotros no habríamos sido liberados del pecado. Y él quería lo mismo que su Padre: salvarnos a nosotros.

¿Fue necesario que el Hijo de Dios muriera en la cruz para reparar el pecado y volvernos a la amistad con Dios? Fue absolutamente necesario. Cualquier remedio menor habría significado que el pecado no era tan grave. La inmensa gravedad del pecado queda en evidencia por la inmensidad del remedio.

Última pregunta: ¿Por qué quiere Dios, en pleno acuerdo con su Hijo, salvarnos a nosotros del pecado? ¡Y a tal precio! Por amor y nada más que por amor. Esto es lo que nos debe impactar y llevar a la conversión al contemplar la pasión y muerte de Jesús. ¡Llegó a ese extremo por amor a nosotros! El amor tiene allí su prueba evidente: «Dios demuestra su amor hacia nosotros en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles