Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de Enero del 2014

Mt 4,12-23
Conviértanse

Cuando llegó el momento de comenzar su ministerio público, Jesús acudió al bautismo de Juan en el Jordán, como leíamos en el Evangelio de los dos domingos pasados. Lo que era de esperar, después de haber sido señalado por Juan como aquel que bautiza con el Espíritu Santo, es que Jesús comenzara su predicación en Jerusalén, que era el centro religioso indiscutido de Israel. El Evangelio de este Domingo III del tiempo ordinario nos explica por qué Jesús comenzó su ministerio en Galilea, que en cambio, era una región periférica respecto de Jerusalén y de Judea.

«Habiendo oído que Juan había sido entregado, Jesús se retiró a Galilea y... vino a residir en Cafarnaúm, junto al mar en los límites de Zabulón y Neftalí». Juan fue encarcelado por Herodes Antipas, porque le reprochaba abiertamente: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Respecto de este punto, Juan se mantenía dentro de los límites de la ley de Moisés. Pero Jesús era mucho más radical: «El que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio» (Mc 10,11). ¡Cuánto más si esa otra es la mujer del hermano! Jesús no podía arriesgar correr en ese momento la misma suerte que Juan, porque aún no había anunciado al mundo su Palabra ni revelado su misterio y no había fundado su Iglesia. Ya llegaría su hora.

San Mateo interpreta esta circunstancia como el cumplimiento de un designio de Dios que había sido anunciado: «Para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí..., Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tiniebla ha visto una gran luz y para los que habitaban en región y sombra de muerte una luz se ha alzado». Desde el punto de vista de Jerusalén y de los habitantes de Judea en general, Galilea era una región despreciada; era conocida como «Galilea de los gentiles», porque su población era una mezcla de judíos y gentiles (paganos). Por eso se le llama también «región y sombra de muerte». Vemos, entonces, que Jesús comenzó su ministerio y transcurrió la mayor parte de su vida pública evangelizando a los despreciados, a los que están en la periferia. Lo destaca San Pablo, como el modo habitual de proceder de Dios: «Dios ha escogido lo despreciable del mundo, lo que no es nada, para reducir a la nada lo que es» (1Cor 1,28).

El evangelista ve en ese comienzo del ministerio de Jesús el cumplimiento del oráculo de Isaías, no sólo porque Galilea era tierra de gentiles, sino también porque el apelativo de «una luz... una gran luz» no puede corresponder a otro más que a Jesús. La luz hace ver la realidad, la luz permite caminar en la verdad. Corresponde a Jesús, porque él revela la verdad respecto de la creación, del hombre y de Dios. Por esta razón, él mismo se apropia de esta metáfora: «Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12). Esa luz comenzó a brillar en la oscura región de Galilea.

El mensaje de Jesús que veremos desplegarse domingo a domingo se resume en estas palabras programáticas: «Conviertanse, porque el Reino de los cielos está cerca». La conversión es una noción bíblica que expresa un cambio de dirección en la vida: la vida, que estaba de espaldas a Dios, ahora se vuelve hacia Dios. Ese cambio se expresa con el verbo hebreo «shub». El fundamento que Jesús indica para este cambio es que «el Reino de los cielos está cerca». En el resto del Evangelio Jesús usará todo tipo de recursos para explicar la noción de «Reino de los cielos o Reino de Dios». El hecho de que el Reino de los cielos se esté acercando exige la conversión. Podemos adelantar que lo que más se acerca a la noción de «Reino de los cielos» es Dios mismo viniendo al mundo. El concepto de Reino de los cielos corresponde, entonces, a la Persona de Jesucristo. Si Dios está viniendo en dirección al ser humano, la conversión consiste en que el ser humano se dirija hacia Dios, que vaya a su encuentro.

La conversión es lo que hicieron los primeros cuatro discípulos cuando Jesús los llamó. Pedro y su hermano Andrés, «dejando las redes, lo siguieron»; los hijos de Zebedeo, «al instante, dejando la barca y su padre lo siguieron». Siguiendo a Jesús ellos dieron a sus vidas la orientación hacia Dios.

En todos los tiempos, y también hoy, Jesús llama a todos a convertirse, es decir, a seguirlo a él. Pero muchos prefieren seguir las riquezas, el placer, el poder, la fama. A ellos Jesús dirige de nuevo hoy su llamado apremiante: «Conviértanse».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles