Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de Enero del 2014

Mt 3,13-17
Conviene que nosotros cumplamos toda justicia

Después de narrar la Epifanía del Señor, es decir, la manifestación del Niño Jesús a unos magos venidos de Oriente, el Evangelio de Mateo retoma el relato muchos años después: «En aquellos días se presentó Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo: “Conviertanse, porque el Reino de los cielos está cerca”». Venían a él de Jerusalén y de toda Judea «y eran bautizados por él en río Jordán, confesando sus pecados» (Mt 3,1.6). Juan explica el sentido de este rito, que le valió su nombre propio de «Bautista», con estas palabras: «Yo los bautizo con agua para conversión; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y yo no soy digno de llevar sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Juan el Bautista era un profeta. Jesús lo define «más que un profeta» (Mt 11,9). Atraía a multitudes que venían a escuchar su predicación y a hacerse bautizar por él para convertirse, es decir, cambiar de vida. Pero la descripción que él hace del que viene detrás de él nos deja esperando a uno que atrae a mucha más gente y cuyo bautismo es mucho más eficaz ­«con Espíritu Santo y fuego»­, hasta el punto que el mismo Juan se hará bautizar por él. Pero ocurre todo lo contrario: «Entonces, se presentó Jesús, venido de Galilea al Jordán, ante Juan para ser bautizado por él». ¡El mayor para ser bautizado por el menor!

Como corresponde, Juan se lo impedía diciendo: «Yo tengo necesidad de ser bautizado por ti». Dos motivos explican la actitud de Juan. En primer lugar, él mismo ha explicado recién la inmensa superioridad de Jesús y de su bautismo. Pero, además, él sabe que Jesús no tiene pecados propios que confesar, sino, al contrario, que Jesús es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Juan pide una explicación para esta conducta de Jesús: «¿Y tú vienes a mí?».

«Deja ahora ­responde Jesús­, pues de esta manera conviene que nosotros cumplamos toda justicia». Jesús involucra a Juan consigo usando el pronombre «nosotros». Como verdadero profeta, Juan entiende la explicación de Jesús: «Entonces lo dejó», se entiende, lo dejó entrar al agua y ser bautizado.

Juan entendió; pero tal vez nosotros no. ¿Qué significa «cumplir toda justicia»? Al decir «toda justicia», Jesús está hablando de «la justicia de Dios». Y la justicia de Dios es la voluntad de Dios de salvar al ser humano por pura gracia. Esta es la justicia que cumplió Jesucristo a la perfección. El rito del Bautismo es un signo. Sabemos que el agua puede ser causa de muerte, y que ciertamente es causa de vida. El bautismo es signo de muerte al pecado y vida para Dios. Entrando al bautismo, Jesús nos dio un signo de lo que debía ser su misión. Mucho más quiso impedirselo Pedro, cuando Jesús comenzó a manifestarles claramente «que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Morir, como el Cordero de Dios que con su sacrificio quita el pecado del mundo, y resucitar para que nosotros podamos vivir.

Jesús fue realmente bautizado por Juan: «Bautizado Jesús, enseguida salió del agua». Entró al agua como quien muere y salió para que se manifestara su condición de Hijo de Dios que goza de la vida divina: «Se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios bajando como una paloma y viniendo sobre él, y una voz de los cielos decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco”».

La voz del cielo retoma la profecía de Isaías: «He aquí mi Siervo a quien sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma» (Is 42,1). Más adelante el profeta aclara que este Siervo del Señor «será llevado al degüello, como un cordero» (Is 53,7), y el mismo Dios dice: «Justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará» (Is 53,11). En el Bautismo de Jesús se nos revela algo esencial acerca de ese Siervo, algo que Isaías no pudo siquiera sospechar: ese Siervo, que debía ir como Cordero al degüello por nuestros pecados, es el Hijo de Dios. Ese Siervo es Jesús: «Este es mi Hijo». Cumpliendo su misión, Jesús cumple toda justicia y nos obtiene la salvación. Cuando nosotros somos bautizados con el Bautismo del Espíritu Santo, nos incorporamos a Jesús: «Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4). También nosotros debemos «cumplir toda justicia», viviendo verdaderamente esa «vida nueva».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles