Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Marzo del 2014

Mt 4,1-11
Los ángeles lo servían

En el episodio del Bautismo de Jesús, el Evangelio de Mateo nos ofrece dos datos fundamentales acerca de la identidad de Jesús: vino sobre él el Espíritu de Dios y una voz que salía de los cielos (se entiende de Dios) lo declara su Hijo amado. Estos dos datos son el trasfondo del episodio siguiente, el de las tentaciones a Jesús, que leemos en este Domingo I de Cuaresma.

«Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto». Jesús siente un impulso interior, inducido por el Espíritu, de retirarse a la soledad para orar, para estar en comunión de amor con su Padre, y permaneció allí durante cuarenta días ayunando. Este es el origen del tiempo litúrgico de la Cuaresma. Durante estos cuarenta días también nosotros debemos retirarnos a menudo a la soledad para estar con Dios. Inauguró esta práctica Moisés, invitado por Dios, cuando le dio el Decálogo: «Dijo el Señor a Moisés: “Prepárate para subir mañana temprano al monte Sinaí; allí en la cumbre del monte te presentarás a mí”... Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras» Ex 34,2.28). Tanto en Jesús como en Moisés observamos que, estando con Dios, las necesidades materiales, representadas por el comer y el beber, quedan suspendidas.

Mateo afirma que Jesús fue conducido al desierto con una finalidad: «para ser tentado por el diablo». ¿Por qué atribuye al Espíritu esa finalidad? Nosotros oramos todo lo contrario: «No nos introduzcas en tentación» (Mt 6,13). Según el evangelista, el Espíritu obra de esa manera respecto de Jesús para que él se revele como verdadero Hijo de Dios y repare, con su total fidelidad a la voluntad de su Padre, la serie de infidelidades que tuvo el pueblo de Israel durante los cuarenta años que transcurrió en el desierto, después del éxodo.

Al cabo de esos cuarenta días, como es natural, Jesús sintió hambre. Estamos hablando de un hambre tremenda. Como Hijo de Dios, él ha recibido el poder de hacer milagros. ¿No podría usarlo para satisfacer su necesidad? Es lo que le sugiere el Tentador: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero ese poder Jesús lo recibió para cumplir su misión, «para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), como lo demuestra en la multiplicación de los panes y las curaciones que realiza, y no para su propio beneficio. La tentación es siempre una invitación a obrar de manera contraria a la voluntad de Dios. Jesús rechaza la tentación recurriendo a la Escritura: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Si Jesús hubiera calmado el hambre de alimento material faltando a la voluntad de Dios, habría perdido su propio alimento, incurriendo en un hambre infinitamente mayor: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). El mundo de hoy, que abunda en alimento material y sobrepeso, está, en cambio, famélico de ese otro alimento.

En la segunda tentación el diablo usa, él mismo, la Escritura: «Si eres Hijo de Dios, tirate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”». Se trata de poner a prueba a Dios (tentarlo), a ver si va a cumplir o no su palabra. El diablo quiere que Jesús exija a Dios que mande a sus ángeles a servirlo a él. Es lo que hacemos nosotros, cuando exigimos: «¿Por qué Dios no resuelve tal o cual problema, por qué no impide las guerras, por qué no castiga a los malos, etc.? Jesús rechaza toda pretensión de imponer algo a Dios: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios».

Por último, el diablo ya no se disfraza ni oculta. Se manifiesta abiertamente y ¡le pide a Jesús que lo adore! Entiende que eso Jesús no lo hará gratuitamente. Le ofrece, a cambio, «todos los reinos del mundo y su gloria». Esta es la tentación en la cual caen los seres humanos con mayor frecuencia: entran a pacto con el mal con el fin de obtener riquezas y poder. Debemos imitar la energía que tuvo Jesús para rechazarla: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto».

Jesús salió victorioso de toda tentación. Podría parecer que venció, sí, pero quedó con hambre, sin riqueza y sin poder. No es así. La conclusión es otra: «El diablo lo dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y lo servían». Lo que él no hizo –un milagro para procurarse pan–, lo que no exigió a Dios –que los ángeles lo lleven en sus manos– Dios se lo concedió, y de manera mucho más abundante: «Los ángeles lo servían». A nosotros, si resistimos la tentación, se nos dará mucho más que lo que podamos siquiera imaginar: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman» (1Cor 2,9).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles