Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de Febrero del 2014

Mt 5,38-48
Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial

En el Evangelio de este Domingo VII del tiempo ordinario continuamos la lectura del Sermón de la Montaña. Dos veces en esta lectura, dirigiendose a sus discípulos, se refiere Jesús a Dios con la expresión asombrosa: «Vuestro Padre del cielo» (para más claridad usamos aquí la segunda persona plural del adjetivo posesivo: «Vuestro»). En efecto, dice: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en el cielo»; y concluye la promulgación de su propia ley ­repite seis veces: «Pero Yo les digo...»­ con un precepto que resume todo: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Al llamar a Dios: «vuestro Padre», ¿es que Jesús se excluye de esa filiación? El ministerio público de Jesús comenzó con su Bautismo en el Jordán, y en ese momento ­dice el Evangelio de Mateo­, «se abrieron los cielos... y una voz de los cielos decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco”» (Mt 3,16-17). ¿Por qué, entonces, si Dios es uno solo, Jesús no lo llama simplemente: «nuestro Padre»? Al decir: «vuestro Padre», ¿está usando una expresión equívoca (quiere decir otra cosa) o una expresión simbólica? ¡Absolutamente, no! Más adelante, Jesús repite esa expresión con mucha frecuencia y con total seriedad; quiere expresar precisamente lo que significa: nosotros somos realmente hijos de Dios. Y él es realmente Hijo de Dios. Pero, evita la expresión «nuestro Padre», porque lo somos de manera distinta. Nosotros somos de naturaleza humana y somos elevados a la dignidad sublime de hijos de Dios por un don de Dios, por pura gracia; Jesús es de naturaleza divina y goza de esa dignidad por su propia naturaleza. Jesús es el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Trinidad divina.

Antes de que el Hijo de Dios se hiciera hombre, ningún ser humano habría presumido el ser «hijo de Dios». Esta expresión tiene un significado tremendo. Los judíos captaban bien lo que implicaba atribuirse la filiación divina. Esa fue la causa última de la muerte de Jesús: «Los judíos dicen a Pilato: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios”» (Jn 19,7). Veremos, por qué debe morir, «según esa Ley», que es la Ley de Dios. En otra ocasión, el evangelista explica: «Los judíos trataban con mayor empeño de matarlo..., porque llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Esto significa ser hijo de Dios; ¡significa ser igual a Dios! Y, según el Génesis, este fue el pecado de Adán, que cedió a la tentación de la serpiente: «El día en que coman de ese árbol... serán como dioses» (cf. Gen 3,5). Pero el efecto de esa pretensión la había formulado Dios así: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás» (Gen 2,17). Es la Ley de Dios. En efecto, los judíos llaman «Ley de Dios» a todo el Pentateuco, cuyo primer libro es el Génesis.

Pero ¡hay una radical diferencia! Adán era de naturaleza humana y para él pretender «ser igual a Dios» era una usurpación insoportable; Jesús es de naturaleza divina y para él «ser igual a Dios, ser Dios» es lo propio. Nosotros somos de naturaleza humana y debemos recibir esa condición como un don, como una gracia absolutamente inmerecida. Lo dice San Juan, con asombro: «Miren qué amor nos ha dado el Padre para llamarnos hijos de Dios, y ¡nosotros lo somos!» (1Jn 3,1).

Después de explicar lo que implica que nosotros seamos hijos de Dios, cabe preguntarse: ¿Cómo? A esta pregunta responde Jesús en esta parte del Sermón de la Montaña: «Ustedes no resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha presentale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica dejale también el manto; y al que te obligue a caminar con él una milla vete con él dos... Amen a sus enemigos y rueguen por quienes los persigan, para que sean hijos del Padre de ustedes que está en el cielo». Esta es la conducta en la tierra de un hijo de Dios, de quien goza de una participación de la naturaleza de Dios, que es Amor. El que así se comporta ha cumplido el precepto de Jesús: «Sean perfectos, como es perfecto el Padre celestial de ustedes». Desgraciadamente, hoy es muy escaso este comportamiento. No hay nada más opuesto a él que la violencia, la réplica airada y el orgullo, que llenan hoy las noticias de nuestra Patria y del mundo. Nada nos podrá salvar de todo eso, sino la fe en Cristo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles