Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Febrero del 2014

Mt 5,13-16
A ti, Dios Padre, todo honor y toda gloria

El Evangelio de este Domingo V del tiempo ordinario es la continuación del Sermón de la Montaña. Ese sermón comienza con las bienaventuranzas, que se habrían proclamado el domingo pasado, si no se hubiera celebrado ese día la Presentación del Señor.

Jesús formula dos comparaciones paralelas: «Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo». El primer miembro de la comparación es el mismo: «Ustedes» y se refiere a sus discípulos. Pero el segundo miembro son cosas muy distintas: la sal y la luz. La acción de sus discípulos es comparada por Jesús con la acción de esos dos elementos. El ámbito de acción, sin embargo, es el mismo: sal «de la tierra» y luz «del mundo». Ya en el Salmo 24,1 ese mismo ámbito era descrito como pertenencia de Dios con los mismos términos: «Del Señor es la tierra y cuanto contiene, el mundo y sus habitantes».

Esas comparaciones son, en realidad, un mandato; es lo que los discípulos de Cristo «deben ser». Son la expresión de una misión. Lo primero que debemos observar, entonces, es que Jesús tiene pretensiones de universalismo. Él quiere que el Evangelio (el gozoso anuncio de la salvación operada por Jesucristo) llegue a toda la tierra y la transforme; a todo el mundo y lo ilumine con la verdad. La fe cristiana es esencialmente misionera, apostólica, y ese envío es universal, debe alcanzar a todos los pueblos y a todos los seres humanos. El cristiano no ha cumplido el mandato de su Señor mientras haya en la tierra alguien, aunque sea una sola persona, que aún no conoce a Cristo y no lo reconoce como su Señor y Dios. Opinar que quienes profesan otras religiones –por ejemplo, los pueblos originarios– ya están bien y no es necesario «perturbarlos» con el mensaje cristiano es una opinión anticristiana, contraria a la mente de Cristo. Jesús reafirma esta misión universal de manera explícita –no ya a través de comparaciones– en la conclusión del Evangelio de Mateo dando a sus discípulos un mandato que abraza todos los pueblos: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,18-19).

Jesús explica cada una de esas comparaciones. La comparación con la sal es exigente: «Si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres». La sal tiene la finalidad de entrar en los alimentos y mejorar su sabor. No hay nada más inútil que una sal que no produce ese efecto. Es como echar arena a los alimentos. Esa sal no tiene remedio, porque nadie va a salar la sal. Lo que se hace es arrojarla fuera con molestia y allí es pisoteada. Es una sentencia muy severa de Jesús, que se dirige a los cristianos que se confunden con la masa y no la transforman, porque ellos mismos terminan siendo transformados, opinando en todo como opina la mayoría.

En la comparación con la luz Jesús agrega: «No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo de un cajón, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa». Una ciudad situada arriba de un monte, quiera o no quiera, es vista por todos; una luz puesta sobre el candelero, quiera o no quiera, alumbra a todos. Lo que Jesús quiere decir es que un cristiano verdadero, que vive y habla de manera coherente con su fe cristiana, inevitablemente atraerá a otros hacia la verdad. Es el caso de los santos, que con su sola presencia y actuación obtenían la conversión de la gente. Lo que es, en cambio, absurdo es que se encienda una luz y se oculte debajo de un cajón. Ese es el caso de los cristianos que disimulan su fe y ocultan la verdad que ellos han recibido.

Jesús manda a todos sus discípulos: «Brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos». No se trata de brillar con luz propia, que será siempre tenebrosa, ni de procurar alabanza para sí. La gloria debe ser para Dios, porque las buenas obras, cuyo efecto es que los hombres glorifiquen a Dios, son las que podemos hacer porque Dios nos concede poder hacerlas. La luz más potente es el amor, es decir, la negación de sí mismo para obtener el bien del otro. Pero el amor es sobrenatural y sólo puede practicarlo el ser humano, si Dios se lo concede, como lo afirma San Juan: «Queridos, amemonos unos a otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1Jn 4,7). «Nacer de Dios» y «conocer a Dios» son cosas superiores a las fuerzas humanas. Sólo puede concederlas Dios; y lo hace junto con el don de su amor. En la celebración de la Eucaristía reconocemos esto cuando proclamamos: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente... todo honor y toda gloria...». Todo nuestro compromiso como cristianos consiste en hacer que esa proclamación sea verdad.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles