Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Febrero del 2014

Lc 2,22-40
Vendrá a su templo el Señor

La Presentación del Niño Jesús se ubica en nuestro calendario el 2 de febrero, pues según la ley de Moisés todo primogénito debía ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento (según el uso hebreo, se cuenta el primero y el último). Es un hecho biográfico que nos relata solamente Lucas. Según su propia declaración, Lucas se propuso «escribir todas las cosas por su orden, después de haberlas investigado diligentemente desde los orígenes» (Lc 1,3). Podemos, entonces, confiar en su relato. Siendo la Presentación una fiesta del Señor, se celebra aunque caiga en día domingo.

Como es claro, en el tiempo de Jesús la presentación de los niños al Señor se hacía en el templo de Jerusalén, pues allí se consideraba que habitaba el Nombre del Señor, es decir, el Señor mismo. El primer templo al Dios de Israel lo construyó Salomón en los años 960 a.C. Cuando fue inaugurado, Dios mismo vino a tomar posesión de él: «Al salir los sacerdotes del Santo, la nube llenó la Casa del Señor. Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba la Casa del Señor» (1Re 8,10-11). En la Biblia, la nube es el signo más común de la presencia de Dios.

La fiesta de la Presentación de Jesús al templo fue celebrada por los cristianos desde el principio con gran solemnidad, porque se veía en ella el cumplimiento de aquella antigua inauguración del templo de Salomón. Al ser introducido el Niño Jesús en el templo la gloria del Señor llenaría verdaderamente su Casa. Ese hecho estaba anunciado por el profeta Malaquías: «He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su Templo el Señor, a quien ustedes buscan» (Mal 3,1).

Cuando el Niño Jesús fue presentado al templo nadie habría podido siquiera imaginar que pudiera erigirse un templo para el culto de otro que el Dios de Israel ni en otro lugar que en Jerusalén, el lugar elegido por Dios para hacer habitar su Nombre. Nadie podría imaginar que, pasando el tiempo, sería consagrado por primera vez un templo a la gloria de ese Niño, adorado como Dios único y verdadero. Eso tuvo efecto en el año 324 d. C., cuando fue consagrada en Roma por el Papa San Silvestre la Basílica del Santísimo Salvador (hoy más conocida como San Juan de Letrán). Y, sucesivamente, se han consagrado a Jesucristo miles de templos en toda la tierra, donde él, verdadero Dios y verdadero hombre, está realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Falta, sin embargo, que se edifique a gloria de Jesucristo un templo en el mismo monte Moriah, el lugar del sacrificio de Isaac, donde estaba edificado el Templo de Jerusalén. ¡Ciertamente, llegará el día en que esto se haga realidad! Entonces, todas las profecías alcanzarán su cumplimiento definitivo.

La presentación del Niño Jesús en el templo fue un anuncio y un anticipo de ese cumplimiento definitivo, cuando verdaderamente el Señor Jesús entrará en su templo. Y se concedió entreverlo a un profeta y a una profetisa. El anciano Simeón fue impulsado por el Espíritu Santo a acudir el templo en el instante en que entraban en él José y María con el Niño Jesús. Inspirado por el Espíritu, el anciano toma al Niño Jesús en sus brazos y se dirige a Dios diciendo: «Mis ojos han visto tu Salvación, Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Podemos decir que, en cierta medida, se ha cumplido que ese Niño es hoy la Luz del mundo que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9). Pero no se ha cumplido aún que él sea confesado por Israel como su propia gloria. Asimismo, una profetisa llamada Ana, que pasaba sus días en el templo orando día y noche, indicando al Niño, «alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén».

Llamar al Niño Jesús «Luz para alumbrar a las naciones» fue una admirable profecía, porque el Niño Jesús en ese momento no se distinguía en nada de los demás niños. Para representar esa verdad es que en esta fiesta los fieles hacen la procesión de ingreso al templo en la celebración de la Eucaristía llevando velas (candelas) encendidas en sus manos. Es una profesión de fe en Jesucristo Luz del mundo y un compromiso a dejarse iluminar por él. A la Virgen María que llevaba en sus brazos esa Luz y que ahora la ofrece al mundo se la llama Nuestra Señora de la Candelaria. Esta advocación nos recuerda que ella, «sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo nuestro Señor» (Prefacio de la Misa en honor de la Virgen María).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles