Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Noviembre del 2013

Lc 21,5-19
Ni un cabello de su cabeza perecerá

El Evangelio de este Domingo XXXIII del tiempo ordinario comienza con una profecía de Jesús que dejó a todos los presentes helados. A algunos, que entusiasmados le ponderaban la belleza y majestuosidad del templo de Jerusalén (era una de las siete maravillas del mundo), Jesús responde: «Esto que ustedes ven, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Para un judío, la destrucción del templo era equivalente al fin del mundo. Por eso, la reacción inmediata es preguntar sobre el momento en que eso podría ocurrir: «Maestro, ¿cuándo será eso? Y ¿cuál será la señal de que eso está por ocurrir?».

Dos preguntas. La primera se refiere al momento preciso del fin: ¿Cuándo? Pero, antes de que Jesús tome la palabra, su mismo interlocutor comprende que no es posible que Jesús responda, no porque ignore ese momento, sino porque «no tiene misión de revelarlo» (Catecismo N. 474). Ni siquiera ha revelado Dios el momento preciso en que terminará la vida de cada ser humano en este mundo (aunque lo podemos acotar con error de pocos años); tanto menos ha revelado Dios el momento en que pondrá fin a la historia de toda la humanidad. Por eso, se pasa a la segunda pregunta: ¿Cuál será la señal de que el fin está próximo? Y a ésta Jesús responde.

De las señas que Jesús ofrece muchas pueden considerarse cumplidas reiteradamente: habrá guerras y revoluciones, se levantará nación contra nación y reino contra reino, habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, a ustedes les echarán mano y los perseguirán, serán entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de ustedes y serán odiados de todos por causa de mi Nombre. Las guerras y desastres naturales son cosas ya vistas (en estos mismos días hemos quedado impactados por la destrucción causada por el tifón en Filipinas). Las persecuciones contra los cristianos han acompañado la historia de la Iglesia desde los primeros tiempos. Ya en el siglo IV, uno de los versos del famoso himno «Te Deum» dice: «El cándido ejército de los mártires te alaba». Parte de ese ejército fueron los mismos Pedro y Pablo y todos los apóstoles. Pero los mártires no son sólo cosa del pasado. En el año 2011 fueron asesinados en el mundo más de 100.000 cristianos por causa de su fe.

En esta serie de signos Jesús habla tres veces de su Nombre. Lo repite dos veces en el contexto de la persecución: «Les echarán mano y los perseguirán... por mi Nombre. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre». En el modo de hablar semita el nombre está en el lugar de la realidad misma; el Nombre de Cristo es su propia Persona. Como hemos dicho, esta señal está cumplida. Y también se está cumpliendo cada día en relación a los cristianos que son coherentes.

Pero hay una tercera instancia en que Jesús habla de su Nombre: «Miren, no sean engañados: vendrán muchos usurpando mi Nombre y diciendo: "Yo soy"... No los sigan». La afirmación de Jesús parece no tener sentido, porque, en realidad, toda persona consciente dice con verdad: Yo soy. ¿En qué forma puede ser esa frase una usurpación del Nombre de Jesús? Es una usurpación si el Nombre mismo de Jesús es «Yo soy» y otro pretende ese mismo nombre. De esta manera, Jesús está asumiendo para sí el nombre divino, el nombre que Dios reveló a Moisés. Cuando Moisés le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?», Dios respondió: «Yo soy el que soy. Y dirás a los israelitas: “Yo soy me ha enviado a ustedes”» (Ex 3,14). El único que merece ser seguido por los seres humanos es el Dios verdadero. Por eso, respecto a quienes usurpan su Nombre, Jesús exhorta: «No los sigan».

¿Esta señal está cumplida? Hoy día, tal vez como nunca antes, hay muchas realidades que ocupan el lugar de Dios: el dinero, el poder político, la fama, los cantantes, los deportistas, etc. Ellos pretenden ofrecer la salvación y son seguidos con verdadero fervor por muchos hombres y mujeres. Obviamente, los que siguen a esos usurpadores del nombre divino no sufren persecución, sino aplauso por parte del mundo.

A los que son fieles a él, Jesús no les promete el aplauso del mundo, sino el odio: «Serán odiados por todos a causa de mi Nombre». Pero les promete, sin embargo: «Ni un cabello de su cabeza perecerá». Y agrega: «Con su perseverancia, ustedes adquirirán sus almas». No se perderá su alma y ni siquiera uno de sus cabellos. La persona entera se conservará para la vida eterna, porque, asegura Jesús: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles