Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 30 de Enero del 2011

Mt 4,25-5,12
La recompensa del cielo

«Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba». Esta introducción es responsable del título que recibe el primero y más importante de los cinco discursos en que el evangelista Mateo organiza el material didáctico de Jesús: «Sermón del monte». Este importante texto evangélico, que nos acompañará los próximos domingos, comienza con las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos...».

El Sermón comienza con una serie de nueve bienaventuranzas. Nos preguntamos si hay en ellas algún principio organizador que explique el orden que siguen. Parecen estar organizadas en dos grupos de cuatro y una última aparte. La primeras cuatro se refieren a la relación del hombre con Dios. La actitud básica del ser humano ante Dios es la «pobreza de espíritu», que consiste en la convicción profunda, una convicción del espíritu, de que sin Dios el ser humano no puede nada y no es nada. San Pablo exhorta a los cristianos a tener esa actitud y a rechazar la actitud contraria que consiste en la autosuficiencia: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7). La actitud contraria a la pobreza de espíritu es el orgullo interior, el gloriarse de los dones que se posee, como si tuvieran su origen en nosotros mismos. Las tres bienaventuranzas siguientes serían explicitación de esta primera: «Dichosos los mansos... dichosos los que lloran... dichosos los que tienen hambre y sed de justicia...».

La segunda serie de cuatro bienaventuranzas se refiere a las relaciones con el prójimo: «Bienventurados los misericordiosos...». La misericordia no es nuestra actitud hacia Dios –de Dios imploramos misericordia–, sino hacia otro ser humano que está en el dolor. También se refieren al prójimo las otras tres: «Dichosos los limpios de corazón (son incapaces de pensar mal del prójimo)... dichosos los que trabajan por la paz... dichosos los que son perseguidos por causa de la justicia (por procurar el bien que le es debido al prójimo)...».

La bienaventuranza como expresión literaria no es creación de Jesús. En esto Jesús se acomoda al lenguaje bíblico. El Salterio es ciertamente el libro más usado por la piedad judía y Jesús lo cita con frecuencia, incluso en el momento de su muerte en la cruz. Pues bien, el Salterio se abre con una bienaventuranza: «¡Dichoso el hombre que... se complace en la ley del Señor y medita su ley día y noche!» (Sal 1,1.2).

La originalidad de la enseñanza de Jesús reside en la repetición de una serie de bienaventuranzas, y, sobre todo, en su carácter paradojal. Jesús llama «dichosos» precisamente a los que el mundo en general llamaría «desdichados»: los pobres, los mansos, los que lloran, los perseguidos, etc. Es necesario dar una explicación. Y esa explicación Jesús la da en cada caso: «Porque de ellos es el Reino de los cielos, porque ellos serán consolados, porque heredarán la tierra, etc., sobre todo, la última: «Alegrense y regocijense, porque grande será la recompensa de ustedes en el cielo».

En las bienaventuranzas Jesús establece una clara distinción entre la vida del ser humano en esta tierra, que es breve, y la vida en el cielo, que es eterna. La esperanza del cielo proyecta sobre esta vida la felicidad de la cual allí se gozará. Esta proyección del cielo es la única felicidad verdadera que el ser humano puede tener en esta tierra. Por eso, cuando Jesús afirma p. ej.: «Dichosos los que lloran», no está diciendo algo actualmente irreal; está diciendo algo actualmente verdadero. En estas afirmaciones Jesús se revela en toda su extensión como la Verdad. Los que están en el error son los que pretenden alcanzar la dicha aquí gozando de los placeres de este mundo. Ellos no serán nunca dichosos, como lo afirma Jesús en otro lugar: «Ay de los que ahora están satisfechos... Ay de los que ahora ríen...» (Lc 6,24-25). Las bienaventuranzas nos revelan dónde está la verdadera felicidad en esta tierra.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles