Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Diciembre del 2013

Mt 2,13-15.19-23
Herodes va a buscar al Niño para matarlo

La Iglesia celebra la solemnidad de la Sagrada Familia en el domingo sucesivo a la Navidad. Ha querido de esta manera subrayar que el origen de una vida humana plena y su nacimiento en este mundo debe tener lugar en el seno de una familia, como es el caso del Hijo de Dios hecho hombre.

Conviene que todos los católicos conozcan la definición de la familia para que este concepto esencial de la vida humana no se transforme en algo ambiguo y equívoco y, de esta manera, pierda su sentido. La familia es una comunidad de vida y amor fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer. Y a esa unión indisoluble entre un hombre y una mujer, que «ya no son dos sino una sola cosa», por ser matriz de vida humana, se le da el nombre de «matrimonio». Dar el nombre de matrimonio a otras uniones que no son matriz de vida es un abuso del lenguaje.

El Evangelio de este domingo nos muestra que la vida de la Sagrada Familia no fue fácil. Al contrario, desde el principio, de manera totalmente injusta, tuvo que sufrir la persecución. Para proteger la vida de su hijo, José y María tuvieron que huir a un país extraño y allí conducir vida de prófugos. Una de las misiones esenciales de la familia es la protección de la vida, como enseña el Catecismo: «La tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida» (N. 1653).

Aprendemos del mismo relato que, cuando una familia ha sido constituida en obediencia a la voluntad de Dios, como es la Sagrada Familia, esa familia es firme, estable y supera todas las crisis, porque Dios mismo vela por ella. En momentos de crisis, no bastan los sentimientos; en esos momentos, por los que toda familia atraviesa, es necesario aferrarse a la voluntad de Dios. José pudo salvar la vida del niño, porque Dios intervino mandandole decir: «Levantate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Cegado por la pasión del poder, queriendo matar a Jesús, Herodes mató a muchos niños inocentes de Belén y sus alrededores. Fue una matanza irracional e inútil, porque no tardó en morir el mismo Herodes. Según nuestra cronología, Herodes murió el año 4 a.C.; ninguno de esos niños habría cumplido cuatro años.

En nuestro tiempo la Iglesia ha denunciado muchas fuerzas que se oponen a la familia fundada en la voluntad de Dios. Precisamente, en los días en que celebrabamos el nacimiento del Hijo de Dios, se difundió la noticia de que el Estado en China había permitido a las parejas de esposos tener un segundo hijo. Que el Estado decida cuántos hijos pueden tener las parejas es un atropello inaudito a los derechos de los esposos, como lo advierte el Concilio Vaticano II: «Conforme al inalienable derecho del hombre al matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número de hijos depende del recto juicio de los padres, y de ningún modo puede someterse al criterio de la autoridad pública» (GS 87). Lo que llama la atención es que esta noticia se haya dado como una graciosa concesión del Estado chino, sin ningún análisis crítico y junto con otras noticias banales, como las excelentes ventas del retail en estos días o como el largo viaje del viejo pascuero.

En realidad, el Estado chino se revela más cruel que Herodes. ¿Qué está obligada a hacer una pareja de esposos en China si, a pesar de todos los medios anticonceptivos, la mujer concibe un hijo? Tiene que ir humildemente a los hospitales del Estado a pedir que le practiquen un aborto y le maten a su hijo. Y, después de recibir una severa reconvención, ser mandada a su casa esterilizada. Y, si ahora el número de hijos permitido por el Estado pasó de uno solo a dos, no es porque el Estado omnipotente tenga ahora un mayor aprecio a la persona humana, sino porque la población en China está envejeciendo y es necesario mantener la fuerza laboral. Es como regular en una fábrica la potencia eléctrica para que no disminuya la producción. Esperamos que nunca llegue el día en que esa misma regulación se haga eliminando a los ancianos que ya no pueden producir.

La familia, tal como Dios la ha querido desde la creación del ser humano, es el ambiente natural donde se adquieren las virtudes del amor al prójimo, del respeto al otro, de la abnegación propia por el bien de los demás y, sobre todo, donde se aprende a proteger la vida humana como un valor sagrado e inviolable. Sólo en una vida familiar animada por el amor a Dios –«por encima de todo, revistanse del amor» (Col 3,14)– se pueden entender los consejos que da San Pablo para la vida familiar: «Mujeres, sean sumisas a sus maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amen a sus mujeres, y no sean amargos con ellas. Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto es grato al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten» (Col 3,18-21).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles