Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Diciembre del 2013

Mt 1,18-24
Dios con nosotros

El IV Domingo de Adviento precede al nacimiento del Hijo de Dios en nuestro mundo y nos prepara a la celebración de ese admirable misterio, que, más que todo otro evento, ha servido para unir a la humanidad durante los últimos veinte siglos de la historia.

«El origen (génesis) de Jesucristo fue así». Con estas palabras comienza el Evangelio que se proclama este domingo. Estas palabras retoman la frase inicial del Evangelio de Mateo: «Libro del origen de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Ese «libro del origen» nos había dejado en suspenso, concluyendo la gran genealogía de José, que tiene como eslabón a David, con estas palabras: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,16). Hasta aquí teníamos la información de tres cosas: que Jesús Cristo nació de María, que José es esposo de María y que José no engendró a Jesús. Sigue, entonces, en pie la pregunta: ¿Cuál es el origen de Jesús Cristo? A esta pregunta responde el Evangelio de hoy.

«Casada su madre, María, con José, antes de estar ellos juntos ellos, se encontró encinta (teniendo en el vientre) del Espíritu Santo». Es claro que el origen de Jesús no es humano. Su madre lo concibió en el vientre sin intervención de varón alguno. Así se lo confirma en sueños el ángel a José: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer: en efecto, lo engendrado en ella es del Espíritu Santo». El Espíritu de Dios intervino para que Jesús fuera concebido en María, su madre. Su origen es, entonces, divino.

Pero el ángel va a aclarar a José también la identidad de ese niño: «Ella dará a luz un hijo y tú lo llamarás con el nombre de Jesús; en efecto, él salvará a su pueblo de sus pecados». Dios le dio el nombre a este niño y, cuando Dios da el nombre, ese nombre indica su identidad profunda sin error. El nombre de Jesús (Jehoshúa) significa: «Jahweh salvación». Nadie puede salvar del pecado, sino sólo Dio, como lo dice el Salmo 130,8: «Él (Jahweh) redimirá a Israel de todos sus pecados». Este niño es, entonces, Dios mismo encarnado y hecho hombre en el seno de María.

Por eso el evangelista ve que aquí se está cumpliendo el antiguo signo que el profeta Isaías había anunciado al rey Ajaz (estamos hablando del siglo VII a.C.). Mateo lee la profecía en su versión griega de los LXX: «El Señor mismo les dará un signo: miren, la virgen concebirá (tendrá en el vientre) y dará a luz un hijo y tú lo llamaras con el nombre de Emmanuel» (Is 7,14, LXX). En realidad, todo coincide, excepto el nombre. ¡Es otro nombre! Sí, pero la identidad de quien lo recibe es la misma. «Immanu El» son dos palabras hebreas. Es un nombre que no existía en Israel. Es un nombre creado por Dios para indicar la identidad de ese niño que estaba destinado a ser el signo dado por Dios a su pueblo. Significa: «Dios con nosotros».

El origen de Jesús es divino y su identidad es divina. Él es Dios; pero Dios en medio de nosotros. Este es el misterio lleno de gozo que celebramos en estos días: Dios se hizo hombre y está con nosotros. ¿Cómo puede estar Dios con nosotros ahora, que Jesús ya ascendió al cielo? Responde el mismo Jesús a este duda con su promesa, que tenemos como frase conclusiva del Evangelio de Mateo: «Miren, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Lo encontramos vivo y operante en su Iglesia: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Desde que Dios se encarnó y se hizo hombre, Jesucristo es siempre «Dios con nosotros» y lo será hasta el fin del mundo. Esta es nuestra fe y nuestra esperanza. La única tristeza es que no siempre somos «nosotros con Dios», pues sin él nada tiene sentido, nada tiene siquiera existencia, como declara el mismo Jesús: «Separados de mí, no pueden hacer nada» (Jn 15,5). Al contrario, unidos a Jesucristo, lo podemos todo: «Nada puede separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,39). Esto es lo que significa para nosotros su nacimiento. Por eso lo celebramos con profunda alegría en estos días.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles