Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Diciembre del 2013

Mt 11,2-11
Padre nuestro que está en el cielo... hágase tu voluntad

Juan el Bautista fue encarcelado por Herodes, porque le reprochaba: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mt 14,3-4). Como verdadero profeta, hablaba en nombre de Dios indicando uno de sus mandamientos: «No cometerás adulterio» (Ex 20,14; Mt 19,18). El Evangelio de este Domingo III de Adviento nos dice que «en la cárcel, habiendo oído las obras del Cristo, envió a sus discípulos a decirle: “¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?”».

Juan oyó «las obras del Cristo». Hasta este punto, en el Evangelio de Mateo, nadie se ha referido a Jesús llamandolo «el Cristo». El primero que lo hará será Pedro, como se narra más adelante en Mt 16,16: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». ¿Qué es lo que Juan oyó, estando en la cárcel? Él oyó decir lo que Jesús hacía y, dado su profundo conocimiento de la Escritura, comprendió que esas eran «las obras del Cristo». «El Cristo» era el hijo de David, el Ungido, que Dios había prometido enviar como Salvador a su pueblo. Así se explica su pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?». Esta pregunta, obviamente, espera respuesta afirmativa y confirma la condición de profeta y «más que un profeta» que Jesús reconocerá a Juan.

Después del admirable Sermón de la Montaña, el Evangelio de Mateo relata una serie de milagros obrados por Jesús: la curación de un leproso, la curación del siervo del centurión por medio de su palabra, la curación de la suegra de Simón Pedro con sólo tocarle la mano. El evangelista resume: «Expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos» (Mt 8,16). Además calmó la tormenta en el mar y liberó a dos endemoniados de una legión de demonios, hizo caminar a un paralítico diciéndole: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2); secó el flujo de sangre de la hemorroísa, resucitó a la hija de un magistrado y dio la vista a dos ciegos que precisamente le gritaban: «Hijo de David, ten piedad de nosotros» (Mt 9,27). Finalmente, hizo hablar a un mudo.

Esto es lo que oyó Juan y comprendió que se estaban cumpliendo en Jesús «las obras del Cristo», es decir, las profecías del Ungido del Señor, tal como las leían los judíos en el libro de Isaías: «El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, por cuanto el Señor me ha ungido, me ha enviado a anunciar buenas noticias a los pobres, a vendar a los de corazón quebrantado, a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad... Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán...» (Is 61,1; 35,5). Había que ser un gran profeta, como Juan, para comprender que esas profecías se estaban cumpliendo en Jesús; había que ser su mensajero, el que fue enviado delante de él a preparar su camino. Y eso es lo que Juan sigue haciendo desde la cárcel. Él procura que sus discípulos se hagan discípulos de Jesús y con ese fin los manda a preguntarle: «¿Eres tú?». Ya antes había dicho a sus discípulos: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

Por eso, la afirmación de Jesús: «Dichoso quien no halle escándalo en mí» no va dirigida a Juan, sino a los discípulos de Juan. Si Juan iba a encontrar escándalo en Jesús ya tendría que haberlo encontrado, cuando Jesús se presentó, junto con todos los demás, para ser bautizado por él en el Jordán. Juan, de hecho, quería impedírselo diciéndole: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,14).

Jesús revela gran admiración y reconocimiento hacia Juan: «En verdad les digo: entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista». Y agrega: «Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él». ¿A quién se refiere Jesús? ¿Quiénes son los que están en el Reino de los Cielos? Jesús mismo nos responde: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21). Juan el Bautista, ciertamente, hizo la voluntad de Dios y está en el Reino de los Cielos. Toda nuestra preocupación en esta tierra debe ser conocer la voluntad de Dios y cumplirla fielmente. En esto Juan sigue siendo un modelo. Para examinar nuestra vida en este punto se nos concede este tiempo del Adviento. Que el Señor, cuando venga, nos encuentre cumpliendo en todo la voluntad de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles