Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 08 de Diciembre del 2013

Lc 1,26-38
María, Madre de Dios, inmaculada desde su concepción

En el tiempo del Adviento la liturgia nos invita a contemplar la doble venida a este mundo del Hijo de Dios hecho hombre: su futura venida gloriosa al fin de los tiempos y su primera venida en la humildad de nuestra condición humana hace veinte siglos. El misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que celebramos hoy, tiene una relación esencial con esa primera venida. En efecto, una vez que Dios, en su designio insondable, decidiera, antes de la creación del mundo, que su Hijo se hiciera hombre, decretó que eso ocurriera, hasta el límite de lo posible, en la forma en que viene al mundo todo otro hombre, es decir, siendo concebido en el seno de una mujer y naciendo de ella: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). El misterio de la Inmaculada Concepción nos revela la identidad de esa mujer elegida para ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre.

Esa mujer, destinada a ser la Madre de Dios, tenía que ser, en todo momento de su existencia, absolutamente de Dios, debía estar inmune de todo pecado desde el primer momento de su existencia, debía ser inmaculada desde su concepción. La Iglesia Católica ha declarado esta verdad como dogma de fe, es decir, como parte esencial del misterio de Cristo: «La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano... Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida» (Catecismo N. 491.493).

Decíamos que el Hijo de Dios, en su primera venida al mundo, se igualó a todo otro hombre «hasta el límite de lo posible», porque no era posible que él tuviera a otro hombre como padre biológico. La página del Evangelio que leemos en esta Solemnidad de la Inmaculada Concepción, nos relata el momento de la concepción virginal del Hijo de Dios en el seno inmaculado de su madre, María. Es la página más importante de toda la literatura universal. Si faltara esa página no sabríamos cómo aconteció el hecho que da sentido a toda la creación: la encarnación del Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre.

María es presentada como virgen y esposa: «Fue enviado por Dios el ángel Gabriel... a una virgen esposa de un hombre llamado José, de la casa de David». El ángel le anuncia que concebirá «en el seno» (es un modo discreto de decir «virginalmente») y dará a luz un hijo; y le indica la identidad de ese niño: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre». Tiene, entonces, ese niño una doble filiación: del Altísimo (Dios) y de David. Parece obvio que David sea su padre, si el esposo de la virgen a quien esta concepción se anuncia es José «de la casa de David». José, en efecto, está destinado a ser el padre de ese niño, pero no su padre biológico, como lo expresa la objeción de la virgen, objeción no al plan de Dios, sino al aparente modo: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». La objeción tiene fácil solución para Dios: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra». La concepción virginal de Jesús en el seno de María fue obra del Espíritu Santo. Fue necesario ese modo de concepción, dada la identidad del que había de nacer: «Por eso, el nacido santo será llamado Hijo de Dios».

Pero sigue siendo verdad que David es su padre. Es verdad, porque, José, siendo el esposo virginal de María, es llamado a ser el padre del Niño que nace de ella. De esta manera el Niño Jesús es Hijo de Dios, desde toda la eternidad y es hijo de David, desde su nacimiento en el tiempo.

Ese es el plan de Dios que contemplamos en este tiempo de Adviento. Pero ese plan fue anunciado antes que a nadie ­ningún profeta siquiera lo imaginó­ a esa joven virgen de Nazaret y fue sometido a su aceptación. Y ella aceptó sin vacilación: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Por eso los cristianos la amamos y veneramos; porque en un momento nuestra salvación dependió de ella. Ella es la verdadera madre de todos los vivientes, de los que gozan de la vida divina y eterna que recibimos de Dios por medio de Cristo.

† Obispo de Santa María de Los Ángeles
Felipe Bacarreza Rodríguez