Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de del 2013

Lc 12,49-53
Mujer, he ahí tu hijo

En el Evangelio de este Domingo XX del tiempo ordinario vemos a Jesús expresar un deseo ardiente por dos cosas; ambas las indica por medio de sendas metáforas, que es necesario descifrar: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto deseo que esté ya encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me urge que se cumpla!».

El verdadero deseo de Jesús está expresado por su único mandamiento: «Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12). El amor, al cual Jesús se refiere, no puede poseerlo el ser humano, si Dios no se lo concede: «El amor es de Dios... Dios es amor» (1Jn 4,7.8). Y este amor lo concede Dios infundiendo en nuestros corazones el Espíritu Santo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Así podemos comprender la primera metáfora, pues el Espíritu Santo es a menudo representado por el fuego, como lo expresa la conocida antífona: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Este es el fuego que Jesús declara haber venido a arrojar a la tierra y que tanto desea que arda y abrase todo.

Para que este fuego se encienda es necesario que Jesús pase por algo previo: «Con un bautismo tengo que ser bautizado». Y esto es lo que le urge: «¡Cómo me urge que se cumpla!». Con la metáfora del bautismo Jesús se refiere a su muerte en la cruz y su resurrección. Era necesario eso para que él pudiera enviar el Espíritu Santo, es decir, arrojar ese fuego del amor. Lo dice a sus discípulos en la última cena: «Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy yo lo enviaré a ustedes» (Jn 16,7). Cuando Jesús murió en la cruz se cumplió aquello que tanto le urgía: «Está cumplido. E inclinando la cabeza entregó el Espíritu» (Jn 19,30).

Luego Jesús hace una afirmación desconcertante: «¿Piensan que vine para dar paz a la tierra? No, les digo, sino división». ¿Cómo puede hacer esa afirmación el mismo que dice a sus discípulos: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27); el mismo que ora al Padre por la unidad: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17,21)? Para entender esa afirmación de Jesús debemos remontarnos a la primera página de la Biblia. Dios ha establecido una sola hostilidad y esta, irreconciliable y universal, cuando dijo a la serpiente: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su talón» (Gen 3,15).

Fue necesario que pasaran muchos siglos para que se entendiera esa sentencia divina; fue necesario que apareciera Jesús y venciera a Satanás, es decir, hiciera el gesto de los vencedores: «Te pisará la cabeza». Satanás cree vencer a Jesús provocando su crucifixión por medio de Judas ­«acecha su talón»­, pero resultará vencido él y su linaje, como él mismo lo declara: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» (Mc 1,24). Entonces se entendió que ese linaje de la mujer anunciado desde antiguo, que pisaría la cabeza de la serpiente, es Jesús y que la mujer es su madre, la Virgen María.

El «linaje de la mujer» es Jesús. Pero también todos los discípulos de Jesús, como lo declara él mismo desde la cruz, diciendo respectivamente a su Madre y al discípulo amado, que representa a todos sus discípulos: «Mujer, he ahí tu hijo... He ahí tu madre» (Jn 19,26.27). Jesús vino, entonces, a poner división entre el linaje de la mujer, que son sus discípulos, y el linaje de la serpiente. Entre ambos no hay componendas, como no las hay entre Cristo y el espíritu del mal: «¿Qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Beliar?» (2Cor 6,14-15). Nadie puede sustraerse a esta hostilidad entre Cristo, que es la Verdad, y el diablo, que es el padre de la mentira; nadie puede ser neutral; se milita por un lado o por otro, como lo afirmó Jesús: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30). Esta es la división que ha quedado en evidencia en la historia con la venida al mundo de aquel que es la Luz y la Verdad. Es la división que se ve con toda claridad en nuestro tiempo. Cada uno debe examinarse a sí mismo para ver en qué lado milita.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles