Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Febrero del 2011

Mt 5,13-16
Sal de la tierra y luz del mundo

Jesucristo es el Mesías prometido por Dios a Israel. Dios cumplió su promesa y por eso a María, su madre, el Niño que debía ser concebido en su seno por obra del Espíritu Santo fue descrito en estos términos: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Jacob e Israel son la misma persona. «La casa de Jacob» es el pueblo de Israel. Ese nombre acentúa la composición de ese pueblo en doce tribus que corresponden a los hijos de Jacob-Israel. Jesús es el rey eterno de Israel, «gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32), como llama al Niño Jesús el an-ciano Simeón.

Dicho esto, debemos agregar que Jesús es el Hijo eterno de Dios, Dios verdadero, hecho hombre verdadero. Asumió la naturaleza humana plenamente. En la definición de la na-turaleza humana no entra la nacionalidad de cada uno y tam-poco el sexo. Jesús compartió la naturaleza humana con todo hombre y mujer de «toda raza, lengua, pueblo y nación» (Apoc 5,9; 7,9; 14,6) como repite el Apocalipsis. Él es el Salva-dor de todo ser humano, y no hay otro: «No hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,12).

Por eso Jesús declara: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), no sólo de Israel. Y el Prólogo del IV Evangelio, al afirmar que la Palabra de Dios se hizo carne, dice: «Estaba viniendo al mundo la luz verdadera que ilumina a todo hom-bre» (Jn 1,9). ¿Cómo pudo realizar esta misión Jesús, que en su vida terrena no traspasó los límites de Israel (salvo un breve viaje a la región de Tiro y de Sidón)? Esa misión la debe realizar a través de sus discípulos. Ellos son enviados a todo el mundo: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19).

Un antecedente de ese mandato está expresado en las metáforas con las cuales Jesús expresa la misión de sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo». La característica propia de la sal es que puesta en los alimentos en poca cantidad comunica su sabor a todo. Así deben ser los discípulos de Cristo. Bien cumplie-ron esta misión los apóstoles, como lo afirman las mismas autoridades judías: «Les prohibimos severamente enseñar en ese Nombre (el nombre de Jesús), y sin embargo ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina» (Hech 5,28). Falta mucho para llenar toda la tierra con la doctrina de Cristo. Esta es la misión nuestra hoy en nuestro ambiente. Y, sin embar-go, muchos cristianos hoy son como la sal que ha perdido su sabor. En nada se nota que son discípulos de Cristo: se comportan como la mayoría, opinan como la mayoría en los temas morales, en nada se manifiesta que son cristianos. El juicio de Jesús respecto de la sal que no sazona es severo: «Ya no sirve para nada más que para ser arrojada afuera y pisoteada por los hombres».

Por su parte, la metáfora de la luz la aplica Jesús a sus discípulos como la aplicaba a sí mismo. La luz, por su propia virtud, ilumina. No necesita hacer nada especial para iluminar; lo difícil es ocultarla. Jesús vino a un lugar de la tierra muy modesto; nadie conocería hoy esas tierras si no fuera por Jesús. Él nació completamente anónimo y oculto. Sin embargo, hoy es conocido en todo el mundo: no pudo tenerse oculto porque es la luz del mundo. Así deben ser sus discípulos. Jesús concluye con una exhortación: «Brille así la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos». La luz del cristiano es la misma que la luz de Cristo. Por eso la gloria no se detiene en el cristiano que la proyecta, sino en su origen: «Viendola, glorifiquen al Padre». Para que reflejen la luz de Cristo los actos del cristiano deben ser actos de amor. Y no hay nada más alejado del amor que la ostentación: «Aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha» (1Cor 13,3).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles