Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Octubre del 2013

Lc 17,11-19
Dios nos hace el don gratuito de su propia vida

En el Evangelio del Lucas, desde que Jesús toma la resolución firme de ir a Jerusalén (cf. Lc 9,51) hasta que tiene a la vista la ciudad santa (cf. Lc 19,41), muchos de los episodios ocurren en el camino hacia ese destino. Conforme a este procedimiento, el episodio de los diez leprosos, que leemos este Domingo XXVIII del tiempo ordinario, se introduce con estas palabras: «Y ocurrió que, yendo hacia Jerusalén, atravesaba por Samaría y Galilea».

El evangelista demuestra así tener un conocimiento poco preciso de la geografía de la Palestina, como el de alguien que nunca ha estado allí. Probablemente, Lucas es un cristiano de origen griego que se agregó al séquito de Pablo en Tróade, Asia Menor, en el curso de su segundo viaje apostólico (cf. Hech 16,10). Era difícil para él comprender que Galilea y Judea eran territorios de judíos separados por Samaría, territorio de samaritanos. Para describir el viaje desde Galilea a Jerusalén bastaba decir: «Atravesaba por Samaría». De esta manera, queda claro que Jesús no viajó por la ruta de la costa ni por la cuenca del Jordán, sino, precisamente atravesando Samaría.

Lo que el evangelista relata no es una parábola. Es un hecho real: «Al entrar Jesús en un pueblo, salieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: “¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!”». Gritan desde la distancia, porque siendo leprosos, según la ley, deben estar segregados de la convivencia social. La ley que regía estos casos era muy dura: «El afectado por la lepra... irá gritando: “¡Impuro, impuro!”... Fuera del campamento tendrá su morada» (cf. Lev 13,45-46). No sólo sufría la segregación de los demás seres humanos, sino también de Dios, como lo indica esa etiqueta: «Impuro». Por el modo de dirigirse a Jesús es claro que esos leprosos saben quién es él; conocen su nombre y conocen su condición de «maestro». Pero su petición es imprecisa: «Ten piedad de nosotros». ¿Qué es lo que esperan de Jesús?

La reacción de Jesús ante esta súplica puede no ser clara para nosotros, pero era clara para ellos: «Vayan y presentense a los sacerdotes». Dado que la lepra era considerada un hecho religioso más que médico, era competencia del sacerdote declarar a la persona «pura» y decretar su reincorporación al pueblo. «Y sucedió que, mientras iban, fueron purificados».

La piedad de Jesús hacia esos leprosos fue eficaz; pero no de modo inmediato, sino de manera discreta, mientras ellos iban en camino hacia la meta indicada por Jesús. De esta manera, era posible olvidarse o dudar que la purificación hubiera sido obra de él. Esto es lo que ocurre en la vida de muchos seres humanos; dado que hemos recibido todo lo que tenemos de modo no ostentoso ­incluida la misma vida terrena­, tendemos a olvidarnos de quién hemos recibido todo y no lo agradecemos. Lo que ocurrió con esos leprosos es un reflejo de nuestra vida.

«Uno de ellos, viendo que había sido curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y cayó sobre su rostro a los pies de Jesús, dandole gracias». Esta es la actitud que corresponde. Pero, ¿y los otros nueve? Jesús no está esperando que le agradezcan. No da sus dones para eso. Pero no deja de hacer notar la ingratitud: «¿No fueron purificados lo diez?». A Jesús le es más fácil creer que los otros nueve no fueron curados antes que creer que, habiendo sido curados, no volvieron a agradecer.

¿Por qué esperaba Jesús que volvieran todos a agradecer? Porque anhelaba darles un don mucho mayor que la curación de la lepra; deseaba darles el don de la fe y, con ella, la salvación. Él quería decir a los diez lo que pudo decir sólo a uno: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado». A quienes reconocemos que la vida es un don de Dios y que de Él hemos recibido todo lo que somos y tenemos, y le damos continuamente gracias, Él se complace en darnos un don mucho mayor: «La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla» (Catecismo, N. 1999). Es muchos más que lo que podemos siquiera imaginar.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles