Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de del 2013

Lc 16,19-31
Señor, auméntanos la fe

Otra parábola de Jesús, que tiene como protagonista a un hombre rico, nos presente Lucas en este Domingo XXVI del tiempo ordinario. Ya había propuesto Jesús una parábola que comenzaba así: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto» (Lc 12,16). Con esa parábola Jesús quería enseñar que «la vida de uno no está asegurada por sus bienes». En efecto, Dios dijo a ese hombre, que había proyectado disfrutar de sus bienes muchos años: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma». La parábola que leemos este domingo comienza de manera semejante: «Era un hombre rico...».

No le cuesta mucho al extraordinario genio de Jesús expresar en breves pinceladas un contraste, que desgraciadamente se ve con frecuencia en nuestro mundo, entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo más necesario: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico...». Mucho le cuesta, en cambio, a Jesús encontrar los términos para hacernos comprender el contraste ­pero invertido­ que se dará entre ellos después de la muerte. Le cuesta, porque no hay nada de nuestra experiencia con qué compararlo: «Murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos... gritó: "Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama"». El «seno de Abraham» representa para un judío la felicidad máxima a que puede aspirar. Por otro lado, el Hades es un lugar de tormento, donde el rico, que en la tierra vestía suaves telas y bebía costosos licores, ahora, abrasado por el fuego, anhela una gota de agua.

Lázaro fue a habitar a esas «moradas eternas», donde el rico debió haberse asegurado ser acogido, luchando en su vida mortal para que ese contraste entre los que tienen mucho y los que nada tienen no existiera. La parábola es una advertencia de Jesús, hecha a tiempo, para que nadie pueda decir: «Yo no sabía».

Y, sin embargo, Jesús parece tener poca esperanza de que surta efecto, como se deduce del diálogo entre el rico, que está en el Hades, y Abraham. El rico pide a Abraham que mande a Lázaro a advertir a sus cinco hermanos para que se conviertan y no tengan la misma suerte que él. Abraham considera que ya están suficientemente advertidos: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». El rico considera que eso no es suficiente para que reaccionen y que se necesita algo más: «No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán». Abraham da una respuesta que nos deja perplejos también a nosotros: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se dejarán convencer, aunque alguien resucite de entre los muertos"».

¡Tiene razón Abraham! La conversión puede resultar solamente de un acto de fe, como lo dice Jesús en el resumen de su predicación: «Conviertanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15). La fe consiste en poner la Palabra de Dios (el Evangelio) como la base que sustenta mi existencia. Pero ¡es un don de Dios!; y cuando Dios lo da, simultáneamente se produce la conversión, es decir, se traslada la base de mi existencia desde Mamón (las riquezas de este mundo) a Cristo. San Pablo tuvo experiencia de la conversión: «Lo que era para mí ganancia, lo juzgo una pérdida, a causa de Cristo» (Fil 3,7). Muchos otros han tenido la misma experiencia.

​El rico está errado, si pretende que la fe, que es necesaria para la conversión, puede deducirse de la visión de alguien que ha resucitado. De hecho, en el Evangelio de Juan leemos que Jesús resucitó a un hombre que llevaba cuatro días muerto ­que casualmente se llamaba, precisamente, Lázaro­ y que las autoridades judías lo vieron y reconocieron que muchos, a causa de ese prodigio, se iban tras Jesús, y sin embargo, no se convirtieron, sino que más decidieron eliminar a Jesús. Si la fe naciera por la visión de algún prodigio, hay a la mano cosas muchos más admirables que la resurrección de un muerto y ni siquiera los más inteligentes viendolas se convierten, como lo observa San Agustín: «Jesús resucitó a un muerto y se espantaron todos; nacen tantos cada día y nadie se admira. Pero, si consideramos la cosa con más atención, es mucho mayor milagro hacer que exista lo que no era, que hacer revivir lo que era. Y es el mismo Dios... quien, por su Verbo, hace todas estas cosas...» (In Io. Ev. tr. 8,1).

​En este Año de la fe debemos comprender que de todo lo visible nada es suficiente para suscitar un acto de fe. La fe es un don gratuito de Dios. Hay, sin embargo, por disposición divina, algo visible que es necesario: el testimonio de fe de los cristianos. Es necesario; pero ¡no suficiente! Suficiente es sólo el don de Dios, que, por tanto, debemos implorar continuamente: «Señor, aumentanos la fe» (Lc 17,5).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles