Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de Junio del 2013

Lc 7,36 - 8,3
Ha mostrado mucho amor


​El Evangelio de este Domingo XI del tiempo ordinario nos presenta un episodio de la vida pública de Jesús que tiene a una mujer como protagonista y, luego, nos da un sumario del ministerio de Jesús en Galilea que incluye la noticia de que Jesús era seguido no sólo por los Doce, sino también por mujeres, algunas de las cuales identifica por sus nombres: María Magdalena, Juana, Susana y otras. Ambas partes de esta página evangélica son típicamente lucanas. En efecto, se encuentran solamente en el Evangelio de Lucas y corresponden a la especial sensibilidad hacia el mundo femenino que caracteriza a Lucas.

​«Un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y él, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa». Nada se nos dice sobre los motivos que tuvo el fariseo para invitar a Jesús y tampoco sobre alguna reserva que tuviera Jesús para aceptar la invitación. En el curso de la narración el lector descubrirá que el fariseo había invitado a Jesús con la intención de desenmascarar su falsa fama de profeta. La gente decía: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros». Y esto, que se decía de él, «se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina» (Lc 7,16.17).

​En esa cena todo transcurría normalmente. Hasta que ocurrió un hecho que pareció dar la razón al fariseo: «Una mujer pecadora pública, al saber que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume». La situación parecía comprometedora para Jesús. En efecto, el fariseo ve confirmada su opinión sobre él: «Si éste fuera profeta –se decía en su interior–, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora».

​Jesús no pierde en absoluto su compostura, como alguien a quien nada de este mundo puede contaminar. Bien sabe lo que el fariseo piensa; pero tampoco esto lo condiciona en su actuación. Acepta y aprecia las claras muestras de amor de la mujer. Es más: Jesús pone en evidencia la radical diferencia en el trato hacia su persona que le han dado la mujer y el fariseo; hace notar la diferencia entre el amor manifestado por esa mujer y la frialdad manifestada por el fariseo: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste el beso; ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no ungiste mi cabeza con aceite; ella ha ungido mis pies con perfume».

​¿Por qué una y otro dan a Jesús un trato tan diferente? ¿Por qué una lo ama tanto y el otro lo ama tan poco? Jesús nos da la respuesta. Ella era una pecadora y, gracias al encuentro con Jesús, concibió vivo dolor de su pecado y vivo anhelo de conducir en adelante una vida de santidad. Ella comprende que sería necesaria la muerte de Jesús para que Dios le concediera el perdón y la santidad de vida. Ama mucho a Jesús, porque tiene mucho que agradecerle. El fariseo, en cambio, no tiene nada que agradecerle. Él se considera justo, no, gracias a Jesús, sino, gracias a su propio esfuerzo. Por eso, no lo ama y no le ofrece ninguna de las muestras de amor que eran habituales entre los amigos. Jesús explica esa frialdad: «A quien poco se le perdona, poco amor muestra». El fariseo mostró poco amor a Jesús; mostró más bien desprecio.

​El Evangelio de este domingo nos interpela profundamente. Vemos en la sociedad cristiana de nuestro tiempo mucha frialdad hacia Jesús. Si viene al país un cantante famoso, el fervor hacia él es celoso; ningún sacrificio es grande para ir a aclamarlo. En cambio, respecto de Jesús, cualquier motivo es suficiente para disculparnos de ir al encuentro con él en la Eucaristía dominical. Se está dispuesto a pagar cualquier dinero para ver el espectáculo que ofrece un cantante de moda. En cambio, para proveer el culto de Jesús deben bastar unas pocas monedas que nos sobran. Cada uno debe ver cuáles muestras de amor da a Jesús. Al leer esta página del Evangelio, cada uno debe examinarse a sí mismo para ver si su actitud hacia Jesús se asemeja más a la de la mujer perdonada o si se asemeja más a la del fariseo autosuficiente. Jesús sabe apreciar la diferencia.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles