Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Febrero del 2011

Mt 5,17-37
Dios es Amor

San Pablo, en la parte de su «curriculum vitae» anterior a su conversión a Cristo, escribe: «En cuanto a la Ley, yo era fariseo... en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fil 3,5.6). Según su propia confesión, San Pablo era fariseo y, además, escriba, es decir, instruido en la Escritura. Él poseía toda la justicia a la cual podía aspirar un judío: «En cuanto a la justicia de la Ley, intachable». Podemos imaginar el estupor de los presentes al oír de labios de Jesús que esa justicia «intachable» es insuficiente: «Les digo que, si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos». Si la Ley de Dios no es suficiente para la salvación, ¿qué medio es suficiente?

La Ley de Dios no fue derogada por Jesús. Al contrario, fue claramente reafirmada: «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento». El verbo griego «plerosai», que describe la misión de Jesús y que aquí ha sido traducido por «dar cumplimiento», en realidad, significa «llenar, llevar a plenitud» («dar cumplimiento» se habría dicho con el verbo «teleiosai»). En el Evangelio de hoy Jesús cita tres mandamientos importantes de la Ley de Dios y explica qué significa «llevarlos a plenitud».

«Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: “No matarás”... Pero yo les digo que todo el que se irrite contra su hermano merece ser condenado... Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo les digo que el que mira a una mujer deseandola, ya cometió adulterio con ella en su corazón... Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: “No jurarás falsamente”. Pero yo les digo que no juren de ningún modo... que su lenguaje sea decir “sí” o “no”...». Hay que considerar que estos tres mandamientos que Jesús «lleva a plenitud» pertenecen al Decálogo, que es la parte más importante de la Ley. Según el libro del Éxodo esos preceptos estaban escritos por el dedo de Dios mismo en las tablas de piedra que Moisés entregó al pueblo (Cf. Ex 31,18; 32,15-16). Más estupor que el anterior debió causar a los oyentes el hecho de que Jesús se planteara ante esos preceptos y dijera: «Pero yo les digo...». ¡Se está poniendo al mismo nivel que Dios! Ese «YO» suyo es su Persona divina, es la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, el que habla. Habla con autoridad nunca vista.

¿Podemos concluir entonces que esta nueva Ley, la de Cristo, la Ley llevada a plenitud, ésta sí que salva? No, ninguna ley salva. Si la salvación se obtuviera por un esfuerzo humano por cumplir una Ley escrita, entonces la salvación sería mérito humano. La salvación eterna del ser humano supera todo esfuerzo humano; es un don gratuito de Dios, que Él nos dio por medio de Cristo. Por eso, enfrentando el tema de la Ley, San Pablo afirma: «No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces Cristo habría muerto en vano» (Gal 2,21). En realidad, para ponerse en continuidad con la Ley antigua, Jesús formuló un mandamiento que resume todo y en cuyo cumplimiento está la salvación eterna del ser humano: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros, como yo los he amado» (Jn 13,34). Pero este mandamiento no lo puede cumplir el ser humano con su propio esfuerzo; el cumplimiento de este mandamiento es una gracia, un don de Dios. Por eso el Catecismo enseña que el amor –la caridad- es el primer don de Dios, un don que incluye todo lo demás: «“Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16) y el Amor, que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5)... Este amor (la caridad de 1Cor 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos “recibido una fuerza, la del Espíritu Santo” (Hech 1,8)» (N. 733.735).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles