Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 28 de Julio del 2013

Lc 11,1-13
Cuando oren, digan: «Padre...»

San Lucas comienza los Hechos de los Apóstoles, que es el segundo tomo de su obra, escribiendo: «El primer libro lo compuse, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó» (Hech 1,1). Lo que Jesús hizo era objeto de la vista; lo que enseñó del oído. A ambas cosas se refiere San Juan en el prólogo de su primera carta: «La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto... lo que hemos visto y oído, lo anunciamos a ustedes...» (1Jn 1,2.3). Y el mismo Jesús declara: «¡Dichosos los ojos de ustedes, porque ven, y los oídos de ustedes, porque oyen!» (Mt 13,16). Entre todas las cosas que los testigos vieron en Jesús y oyeron de sus labios una fundamental es la oración.

Vieron a Jesús orar y quedaron impactados con esta visión. El Evangelio nos informa que la oración era una actitud habitual en Jesús: «Se retiraba a los lugares solitarios donde oraba» (Lc 5,16). Su oración era prolongada: «Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios» (Lc 6,12). La oración marcó los momentos fundamentales de su vida. En el bautismo: «Bautizado Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma...» (Lc 3,21-22). En la Transfiguración: «Subió al monte a orar y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante...» (Lc 9,28-29). En la agonía: «Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba... Y sumido en agonía, insistía más en su oración» (Lc 22,41.44). Una imagen que tenemos que grabar en nuestro corazón es la visión de Jesús orando. Esto es algo que Jesús hizo.

El Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario comienza presentandonos esa visión de Jesús: «Estando él orando en cierto lugar...». La petición de uno de sus discípulos, impactado por lo que veía, nos dará ocasión de escuchar lo que Jesús enseñó sobre la oración: «Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, ensénanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”». Algunos de los Doce habían sido discípulos de Juan y habían recibido esa enseñanza de él. Pero ahora quieren aprender a orar como ora Jesús. Y Jesús les enseña: «Cuando oren, digan: “Padre...”». ¡Es una enseñanza absolutamente nueva! Esa enseñanza no la puede dar ni Juan ni ningún profeta anterior. Esta enseñanza puede darla sólo el Hijo de Dios. Equivale a decir: Para orar como oro yo es necesario ser hijos de Dios. Y ¿quién puede aprender semejante lección?

Jesús sigue explicando, por medio de sendas parábolas, que la oración debe ser perseverante: «Si no se levanta a darle lo que pide por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite»; y que debe ser confiada: «Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo...». Habríamos esperado que concluyera: «...dará a sus hijos las cosas buenas que le pidan!». Pero la conclusión es desconcertante: «...dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!». ¿Por qué el Espíritu Santo?

Decíamos que para orar como ora Jesús es necesario ser hijos de Dios y que nadie puede pretender alcanzar esa condición por su propio esfuerzo. La filiación divina es un don de Dios. Este don, que es el más grande que un ser humano puede recibir, lo concede Dios infundiendonos su Espíritu. Si un padre de esta tierra, siendo malo, sabe dar a su hijo cosas buenas, el Padre del cielo, da la cosa mejor en absoluto: el ser hijos de Dios. Aquí se completa la enseñanza de Jesús sobre la oración. Lo dice San Pablo de manera clara: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Ustedes recibieron un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: “¡Abbá, Padre!”. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rom 8,14.15.16). La unión del Espíritu Santo con nuestro espíritu hace que seamos hijos de Dios y que podamos orar como ora el Hijo: «Abbá, Padre».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles