Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de Julio del 2013

Lc 10,25-37
Anda y haz tú lo mismo

El Evangelio de este Domingo XV del tiempo ordinario nos presenta la conocida parábola del buen samaritano. Para entenderla es necesario ubicarla en su contexto. Todo comienza con una pregunta que hace a Jesús un doctor de la ley: «Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?».

No era necesario ser maestro para conocer la respuesta a esa pregunta. Está claramente formulada en varios lugares del Antiguo Testamento. Un lugar clásico pone la respuesta en boca de Moisés: «Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia: si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás...» (Deut 30,15-16). Para tener la vida eterna es necesario, entonces, cumplir la ley de Dios. Y esto es lo que responde Jesús: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?».

Pero el evangelista Lucas dice que el doctor de la ley hizo a Jesús esa pregunta para «ponerlo a prueba». ¿En qué consiste la prueba? ¿Es que el doctor de la ley esperaba que Jesús respondiera otra cosa? Si esperaba eso, no estaba tan errado. Recordemos que Jesús enseñaba: «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi Nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna» (Mt 19,29); que en otra ocasión ha dicho: «En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicieron a mí... e irán éstos a una vida eterna» (Mt 25,40.46). Jesús ha vinculado la vida eterna con su Persona: hay que dejarlo todo «por su Nombre»; es a él mismo a quien se hace el bien cuando lo hacemos a los necesitados, llamados «sus hermanos más pequeños». Y esto es lo que concede «heredar la vida eterna». La discrepancia entre Jesús y aquel doctor la expresa Jesús en otra ocasión discutiendo con los judíos: «Ustedes escudriñan las Escrituras, ya que creen tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y ustedes no quieren venir a mí para tener vida» (Jn 5,39-40). Se trata de la vida eterna, sobre la cual interrogaba el doctor de la ley.

Dijimos que Jesús había respondido en la forma tradicional judía: «¿Qué está escrito en la ley?». Tiene la palabra el doctor de la ley. Él resume toda la ley como un sabio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús concuerda en que esos dos mandamientos son inseparables y que ellos conceden la vida: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Hasta ahora Jesús no ha dicho nada que el doctor de la ley pudiera objetar. Pero queda otro problema. Los judíos limitaban el concepto de «prójimo» al miembro de su mismo pueblo. En su enseñanza Jesús se había referido a este punto y había dado a la ley su sentido verdadero: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: “Amen a sus enemigos...”» (Mt 5,43-44). En ese momento, para los judíos, respondían a la noción de «enemigos» sus propios vecinos: los samaritanos. El mismo Jesús acaba de sufrir rechazo por parte de ellos «porque se dirigía a Jerusalén» (Lc 9,53). El IV Evangelio explica: «Los judíos y los samaritanos no se hablan» (Jn 4,9). Y cuando los judíos quieren tratar a Jesús como el hereje máximo, le dicen: «¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que tienes un demonio?» (Jn 8,48).

Jesús propone una parábola para responder a la pregunta del doctor de la ley: ¿Hasta quién se extiende el precepto del amor al prójimo? El hombre que estaba caído a la orilla del camino era judío; y los que pasaron a su lado y no lo asistieron eran judíos ­un sacerdote y un levita­; pero un samaritano «se compadeció de él» y lo socorrió. La parábola alcanza su objetivo cuando Jesús pregunta al doctor de la ley: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». La respuesta que todos habrían dado es: el samaritano. Pero reconocer esto habría sido excesivo para ese doctor judío. De todas maneras responde bien: «El que tuvo misericordia de él». La frase conclusiva de Jesús es la respuesta a la pregunta original del doctor de la ley sobre el modo de heredar la vida eterna: «Anda y haz tú lo mismo». El precepto del amor al prójimo se extiende a todo hombre y mujer sin distinción, y no puede ser postergado por un presunto amor a Dios, como hicieron el sacerdote y el levita; el amor al prójimo es exigido por el amor a Dios. Esta es la enseñanza de Jesús.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles