Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Julio del 2013

Lc 10,1-12.17-20
Tener el propio nombre escrito en el cielo

«Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir». Así comienza el Evangelio de este Domingo XIV del tiempo ordinario. La introducción: «Después de esto», nos lleva a preguntarnos qué es lo que precede. Jesús acaba de comenzar su subida a Jerusalén y en el camino ha indicado las condiciones de la vocación apostólica. A uno que se ofrece a seguirlo en este camino dice: «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». A otro que pedía postergación hasta que enterrara a su padre dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú anda a anunciar el Reino de Dios». Y a un tercero que pedía una pequeña dilación para despedirse de su familia dice: «Nadie que pone al mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el anuncio del Reino» (Lc 9,57-62). El Evangelio no nos dice el desenlace de ninguno de estos tres casos. Pero, si concluyeramos que ante esta radicalidad que Jesús exige como condición para la misión, él no encontró a nadie a quien enviar, estaríamos muy errados. En efecto, acto seguido, Jesús encuentra otros setenta y dos –suponiendo que esos tres desistieron– y a éstos los envía con la misión de anunciar: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Éstos son aptos para el anuncio del Reino de Dios.

Lo primero que debemos decir ante esa noticia es que Lucas no restringe la condición de «apóstol» solamente a los Doce. Ellos son enviados, ciertamente. Pero también son enviados estos otros 72: «Los envió de dos en dos». Allí suena el verbo «apostello», de donde viene nuestra palabra castellana «apóstol». Estos 72 son auténticos «apóstoles». No olvidemos que Lucas fue compañero de San Pablo y que éste, aunque no era del número de los Doce, reivindica su condición de apóstol: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios» (Rom 1,1). Así saluda en la carta a los Romanos. Y a los corintios escribe: «¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?» (1Cor 9,1). Preguntas que son una afirmación. La Iglesia de Cristo es misionera por esencia y la misión compete a todos los discípulos de Cristo.

No obstante disponer de ese elevado número de apóstoles, de todas maneras, la extensión de la misión los supera inmensamente. Por eso, Jesús advierte: «La mies es mucha, y los obreros pocos». Y ante esta dificultad recomienda un solo remedio: «Rueguen al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». La Iglesia nunca orará bastante por las vocaciones de consagración exclusiva a la misión. Lo debe hacer más que nunca hoy en que el número de los ministros ordenados es exiguo en comparación con la extensión de la misión: toda raza, lengua, pueblo, y nación (cf. Apoc. 5,9).

El programa que Jesús indica para esta misión la hace diferente de toda otra misión en esta tierra: «Los envío como corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saluden a nadie en el camino». Para esta misión es necesaria sólo una cosa, el poder sobrenatural que Jesús les da: «Les he dado poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada les podrá hacer daño».

Seria es la advertencia que Jesús hace a las ciudades que no acojan a sus enviados: «Les digo que en aquel Día (está hablando del Día del Juicio) habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad». Basta tener un poco de cultura bíblica para saber que Sodoma fue destruida con azufre y fuego que Dios hizo llover sobre ella desde el cielo (cf. Gen 19,24).

Los enviados no sufrieron ese rechazo. Más bien usaron bien del poder dado por Jesús y volvieron de su misión muy contentos: «Regresaron los 72 alegres, diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”». Entonces Jesús les hace una rectificación indicando en qué debe consistir la verdadera alegría: «No se alegren de que los espíritus se les sometan; alegrense de que sus nombres estén escritos en los cielos». El ministro del Señor se alegra, ciertamente, de servirlo usando del poder que posee para comunicar a otros los medios de salvación. Pero su principal fuente de alegría es la promesa de la felicidad eterna en el cielo: su nombre está ya escrito en el cielo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles