Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Abril del 2013

Jn 20,19-31
Dichosos los que han creído

«La fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven» (Heb 11,1). Según esta definición que nos da la Epístola a los Hebreos, la fe tiene relación con las cosas que se esperan y con las cosas que no se ven. La fe en quien promete es la que nos permite esperar lo pro-metido. Pero ahora nos concentraremos en la segunda condición de la fe: es prueba de las realidades que no se ven.

El Evangelio de este Domingo II de Pascua, nos relata lo que ocurrió «al atardecer de aquel día, el primero de la se-mana...». Se refiere al día de la resurrección de Jesús. En la mañana de ese día la mujer más cercana a Jesús, la que es-tuvo junto a la cruz hasta la muerte de Jesús, la que vio có-mo lo dejaban en el sepulcro ese viernes en la tarde, María Magdalena, vio a Jesús resucitado y ¡no lo reconoció! De to-das las personas que podían reconocer a Jesús por la vista ninguna mejor que ella. Y, sin embargo, el Evangelio es claro en que el testimonio de su vista no le bastó para que ella pudiera afirmar: «Jesús resucitó». Leamos el relato del Evan-gelio: «Jesús le dice: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién bus-cas?”. Ella, pensando que era el encargado del huerto, le di-ce: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré”. Jesús le dice: “María”. Ella se vuelve y le dice en hebreo: “Rabbuní”, que quiere decir: “Maestro”» (Jn 20,15-16). No fue el testimonio de la vista, ni la de otro sentido corporal, lo que permitió a María Magdalena re-conocer a Jesús resucitado. Fue la fe; fue el don de la fe. La resurrección de Jesús es una verdad de fe: «Prueba de lo que no se ve».

Esto mismo se repite en todas las apariciones de Jesús resucitado. Los discípulos de Emaús, después de caminar con Jesús 11 km discutiendo las Escrituras, no lo reconocen por la vista, sino «al partir el pan» (Lc 24,35). Los mismos apóstoles cuando se les aparece «piensan ver un espíritu» (Lc 24,37). Por eso, cuando los demás apóstoles le dicen a Tomás: «Hemos visto al Señor», él exige el testimonio de otro senti-do, el tacto: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». La idea es: «Si meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, enton-ces, creeré». Pero está errado, porque «la fe es prueba de las realidades que no se ven y no se tocan». No le iba a bas-tar el testimonio de la vista y tampoco el testimonio del tacto para creer. El testimonio de la vista y del tacto nos concede acceso a las verdades científicas en las cuales no puede intervenir la fe. Estas son verdades que el hombre pue-de alcanzar por sus propios medios, aunque sea laboriosamen-te.

Por eso, cuando se aparece Jesús por segunda vez, estan-do presente Tomás y le pide que «meta su dedo en el agujero de los clavos y su mano en su costado», la afirmación de To-más supera infinitamente la información que pudieron darle los sentidos de la vista y del tacto: «Señor mío y Dios mío». ¡Confiesa que Jesús es su Dios! Ante esta afirmación podemos citar palabras de Cristo dichas en otra ocasión: «Dichoso eres, Tomás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre (carne y sangre es todo lo humano), sino mi Padre que está en el cielo» (cf. Mt 16,17). La afirmación de Tomás es un acto de fe. Confiesa que Jesús es Dios y hombre. Merece ser llamado: «Dichoso».

En los manuscritos griegos del Evangelio la reacción de Jesús es una pregunta. (En la edición de Nestle-Aland no tie-ne variante textual): «¿Porque me has visto (o porque has to-cado mis llagas), Tomás, has creído?». La respuesta es: «No. Tomás creyó porque Dios le concedió la fe». El Catecismo lo enseña: «La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural in-fundida por él... Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo» (N. 153.154).

Jesús agrega una bienaventuranza famosa, que muchos se apresuran a apropiarse: «Dichosos los que sin haber visto han creído». Para contarse entre el número de estos bienaventura-dos no basta no haber visto, porque, cuando se trata de la fe, este es el caso de todos; es necesario creer: «Han creí-do». Para merecer esa bienaventuranza es necesario informarse sobre todo lo que Dios ha revelado y ponerlo como la roca sobre la cual fundamos nuestra vida. Este ya es el caso de pocos. En este Año de la fe, debemos orar continuamente pi-diendo ese don de la fe.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles