Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 31 de Marzo del 2013

Lc 24,1-12
El primer día de la semana

Después que Jesús murió, descolgaron su cuerpo de la cruz, lo envolvieron en una sábana y lo pusieron en un sepulcro nuevo provisto por José de Arimatea. Hubo que hacerlo todo con prisa y de manera provisoria, porque ya comenzaba el sábado y ese sábado particular era muy solemne, porque coincidía con la Pascua. El evangelista Lucas hace ver que la observancia del sábado prevaleció sobre cualquier atención fúnebre que se pudiera dar al cuerpo de Jesús: «El sábado descansaron según el precepto» (Lc 23,56). Las mujeres, que asistieron a la muerte de Jesús y a su sepultura, «prepararon aromas y mirra» (Ibid.) con el fin de ungir el cuerpo de Jesús tan pronto como pudiera hacerse sin violar el sábado, es decir, el primer día de la semana.

El Evangelio de esta Solemnidad de la Resurrección de Jesús comienza con esa observación: «El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado». ¿Por qué la observancia del sábado, que consistía en cesar de todo trabajo, era tan importante para los judíos, hasta el punto de dejar esperando la atención que se debía dar al cuerpo de Jesús? Es claro: porque era ley de Dios. La Escritura, después de relatar la creación del universo y del ser humano, dice: «Bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho» (Gen 2,3). ¡Razón poderosa para que el hombre imite a Dios descansando el séptimo día! Hay una asonancia en la lengua hebrea entre el verbo «cesó» (shabat) y el nombre del séptimo día (shabbat). La ley aduce esa razón: «Recuerda el día del sábado para santificarlo... el día séptimo es el sábado para el Señor, tu Dios... Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20,8.10.11). La observancia del sábado era tan rigurosa que no importaba si la obra que se hacía ese día era salvar una vida: es siempre falta grave. Cuando Jesús sanó a un paralítico el sábado, «los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado» (Jn 5,16).

Ciertamente Jesús era amado por sus seguidores, era amado por esas mujeres que lo habían seguido desde Galilea, entre las cuales se encontraba María Magdalena; pero aun no era reconocido en su identidad de Hijo de Dios. Para esto faltaba algo todavía, algo decisivo. Por eso lo dejan en el sepulcro provisoriamente hasta que pase el sábado. Y sus discípulos, después de su muerte, ya no esperan nada más. Lo prueba el hecho de que esas mujeres llevan las aromas para embalsamar su cuerpo, es decir, dejarlo fijo en la muerte; lo prueba el hecho que dos de sus discípulos –los «discípulos de Emaús»–, se alejan de Jerusalén.

Faltaba que ocurriera lo que esos dos hombres vestidos de blanco dijeron a las mujeres, cuando ellas llegaron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí. ¡Ha resucitado!». Entonces, todo lo que sus discípulos pensaban sobre Jesús adquirió un sentido nuevo, entonces comprendieron sus palabras, entonces comprendieron que él era mucho más importante que la observancia del sábado, porque «el Hijo del hombre es Señor del sábado» (Lc 6,5), y que no debieron dejar su cuerpo esperando en el sepulcro para observar el sábado.

Ese hecho, la resurrección de Jesús, es lo único que puede explicar que los cristianos –ya hemos visto hasta qué punto tenían interiorizado el sábado– hayan dejado de celebrar el séptimo día y hayan comenzado a celebrar como «día del Señor» el primer día de la semana. Para que este cambio fuera posible tuvo que ocurrir en ese día un hecho más importante que la creación de universo, después de la cual Dios descansó el séptimo día. Nada habría sido suficiente para pasar del sábado al domingo fuera de la resurrección de Cristo. (Pensemos en qué tendría que ocurrir hoy para que nosotros pasaramos del Domingo a cualquier otro día). Hemos visto las poderosísimas razones que tenía la celebración del sábado. La celebración del domingo tiene una razón más poderosa. Es el día de la salvación. Si la creación exige el poder de Dios; la redención exige un poder de Dios mucho más grande. La resurrección de Cristo demostró que Dios había ejercido ese poder y que el ser humano estaba redimido. La fe en este evento es lo que salva al ser humano, lo libera de la esclavitud del pecado y lo eleva a la condición de hijo de Dios. Por eso la resurrección del Señor es la fiesta principal del cristiano y lo que llena su corazón de gozo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles